QUERÍAMOS TÁNTO A LA PEQUEÑA LULÚ

por Manuel Valdivia Rodríguezlittlelulu

Hace poco más de 100 años, en 1893, apareció, en la edición dominical de un periódico de Nueva York, la primera tira cómica de éxito: The Yellow Kid, creada por Richard F. Outcault. Ese muchacho descalzo, de orejas grandes y cabeza sin pelo, vestido con una camisola amarilla, nació ya grande para divertir a los adultos lectores del The New York World. Con él apareció la historieta como un nuevo género para entretenimiento, que muy pronto alcanzaría niveles superiores.

En la primeras décadas del siglo XX, cobraron vida otros protagonistas de historietas, siempre para adultos: “El Capitán y los pilluelos”, “Educando a papá”, “Flash Gordon”, “Dick Tracy”, la inquietante Betty Boop y muchos otros. A comienzos de la década de los 30, se editan los primeros “comic books”, que se venden como cuadernillos sueltos independientes de los periódicos, y se descubre que la historieta puede ser producida para los niños. Así nacen el Ratón Mickey, el Pato Donald y después los superhéroes como Superman y Batman. A partir de entonces los niños tendrán para su disfrute las historias de Periquita, el conejo Bugs, Daniel el Travieso, el pato Lucas, la zorra y el cuervo y la pequeña Lulú, defensora temprana del derecho de las mujeres, por lo menos en cuanto a ingresar al club de varoncitos de la banda de Tobi. Y para los adolescentes también aparecen los amigos de Archie, el joven matrimonio de Lorenzo y Pepita, el Llanero Solitario y las historias policiales de El Tony. Gracias a esos “chistes”, como eran llamados en nuestro país, los niños y adolescentes leían incansablemente, fortaleciendo con un auxiliar divertido sus capacidades de lectura.

Las historietas, en las cuales se empleaban recursos icono verbales cada vez más ricos, preparaban incluso la entrada al lenguaje cinematográfico. Los niños y jóvenes aprendían a apreciar elipsis, metáforas visuales, onomatopeyas, planos generales o de detalle, vistas en picada, escorzos llevados al extremo con el Hombre Araña y otros recursos de la literatura gráfica. Tal vez esa afición los empujaba suavemente a la lectura de revistas más ricas en texto, como las añoradas El Peneca, que venía de Chile, o Billiken, que nos llegaba de Argentina, un poco antes que nos llegara también El libro de Petete. En el Perú tuvimos por breve tiempo la revista católica Avanzada, con un mensaje de vida generosa y de igualdad entre pueblos que adelantaba el principio de interculturalidad; y, en tiempos más recientes, la revista Collera, dirigida con el fino humor de nuestro poeta José Watanabe.

Con ellas, los niños y adolescentes leían y releían, y por eso no era difícil que entraran después a la lectura de las novelas de Salgari, de  Julio Verne o por lo menos las de May Louise Alcott, la autora de “Mujercitas” y “Hombrecitos”. No importaba mucho que el Pato Donald fuera, como lo denunciaron rotundamente Dorfman y Mattelart en los 70, un agente de propaganda de la cultura imperialista, o que con Fantomas y Mandrake se justificaran las políticas colonialistas de algunos países europeos; pero lo cierto es que las historietas de entonces, las más sin carga subliminal, llenaban sanamente el tiempo libre de los niños y sin duda contribuían a  fomentar la lectura.

Hacia los noventa se produce un fenómeno cultural sorprendente: el ingreso avasallador del  manga japonés. El mundo de Dragon Ball desplaza al mundo de la historieta clásica. Se consumían con furor historietas de excelente dibujo pero casi sin texto, salvo los gritos y onomatopeyas de inacabables combates, llenos de choques, embestidas, explosiones, descargas de energía de dimensión sideral. Los niños y adolescentes ya no leían, miraban. Mejor dicho, remiraban. Porque el manga impreso presentaba lo mismo que se veía –y todavía se ve- en los anime de la televisión, en series donde lo gráfico en movimiento predomina con presencia reducida del diálogo. En ese entonces se podía pasar las páginas ilustradas de un manga sin encontrar para leer otra cosa que ¡Splossh! ¡Burumm! ¡Ajjj! ¡Wouuu!, y bastaba con mirar los dibujos para entender historias elementales de la misma manera como se puede ver la TV. Para los efectos de la lectura hubo, pues, un apreciable empobrecimiento.

Pero ahora, en el arranque del siglo XXI: silencio. Ya no están Charlie Brown ni Snoopy ni el pato Lucas ni Tribilín ni Porky ni Mr. Magoo. Ni siquiera están los Transformers ni Goku ni Astro Boy del manga. Porque ya no hay historietas para niños. Hemos vuelto, un siglo después, como cerrando un círculo, a la época del Muchacho Amarillo, The Yellow Kid, porque ahora, como entonces, el comic es de nuevo sólo para adultos. Se han alcanzado cumbres con Hugo Pratt y no se sabe bien quien es mejor, si Guido Crepax o  Milo Manara; pero las sagas de Corto Maltesse, el inmortal personaje de Pratt, o las historias eróticas de Crepax o Manara son escritas y dibujadas para los mayores[1]. Como el acceso a esas publicaciones es casi imposible para nosotros, tenemos a Condorito, que es la única historieta que se vende todavía en Hispanoamérica. Pero todas son para el consumo adulto. Para niños ya no hay historietas, ni siquiera manga.


1. Pido disculpas a quienes, como yo, llevan a Mafalda prendida en la memoria. No la menciono arriba porque  Joaquín Lavado, Quino, no dibujó propiamente historietas, y Mafalda, Felipe,  Manolito y Libertad son personajes inmortales más bien de sus tiras ¿cómicas?.

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