UNA VACUNA CONTRA LOS LIBROS

octubre 18, 2011

Manuel Valdivia Rodríguez

Tengo a la mano dos ejemplares de la novela David Copperfield, de Charles Dickens, el gran novelista inglés de la Era Victoriana. Producido hacia el final de la vida de su autor (1849-1850) este libro se halla entre los mejores que escribió Dickens. Henry James relata que, de niño, se escondía debajo de la mesa para escuchar embelesado la lectura en voz alta hecha por su madre seguramente para otros familiares. Tolstoy, Dostoievski y Kafka tuvieron frases de elogio para el libro destinado a figurar siempre en cualquier antología de la literatura universal.  Uno de los ejemplares que hojeo  fue publicado en  excelente traducción  por la editorial Ramdom House Mondadori, en Barcelona, en 2006. Es un volumen de 1125 páginas, en tipoTimes de 10 puntos a espacio normal. Como el original inglés, tiene 51 capítulos. Lee el resto de esta entrada »


TEMORES Y ESPERANZAS SOBRE EL PLAN LECTOR

junio 7, 2010

Manuel Valdivia Rodríguez

Amarrado al duro banco
de una galera turquesca,
ambas manos en el remo,
ambos ojos en la playa…

Góngora

Cada lector entabla una relación particular con los libros que lee. Por eso, las historias personales en cuanto a la lectura, como en muchas cosas, son disímiles. Pido permiso para contar tres de las mías. Una, la lectura de Narciso y Goldmudo, de Herman Hesse. Debo haber leído el libro dos o tres veces, pero no sucesivamente. Avanzaba un párrafo, tan henchido de sugerencias, tan pleno en belleza formal, que no podía resistir la tentación de volver a leerlo,  y así, página tras página. Dos, la de La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que devoré de un tirón, postergando todo, hasta labores de trabajo,  porque no podía dejar un libro que ponía ante mis ojos una época terrible de la historia latinoamericana. Tres, la de El perfume, de Patrick Süskind, una novela sobrecogedora que me atrapó pero que debí seguir con largos descansos, porque el ánimo conturbado no puede tolerar una lectura continuada.  Así sucede con los libros, que son como seres vivos que nos obligan a aproximaciones diferentes, que se nos imponen o se nos rinden, pero siempre de modo distinto.

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QUERÍAMOS TÁNTO A LA PEQUEÑA LULÚ

mayo 1, 2009

por Manuel Valdivia Rodríguezlittlelulu

Hace poco más de 100 años, en 1893, apareció, en la edición dominical de un periódico de Nueva York, la primera tira cómica de éxito: The Yellow Kid, creada por Richard F. Outcault. Ese muchacho descalzo, de orejas grandes y cabeza sin pelo, vestido con una camisola amarilla, nació ya grande para divertir a los adultos lectores del The New York World. Con él apareció la historieta como un nuevo género para entretenimiento, que muy pronto alcanzaría niveles superiores.

En la primeras décadas del siglo XX, cobraron vida otros protagonistas de historietas, siempre para adultos: “El Capitán y los pilluelos”, “Educando a papá”, “Flash Gordon”, “Dick Tracy”, la inquietante Betty Boop y muchos otros. A comienzos de la década de los 30, se editan los primeros “comic books”, que se venden como cuadernillos sueltos independientes de los periódicos, y se descubre que la historieta puede ser producida para los niños. Así nacen el Ratón Mickey, el Pato Donald y después los superhéroes como Superman y Batman. A partir de entonces los niños tendrán para su disfrute las historias de Periquita, el conejo Bugs, Daniel el Travieso, el pato Lucas, la zorra y el cuervo y la pequeña Lulú, defensora temprana del derecho de las mujeres, por lo menos en cuanto a ingresar al club de varoncitos de la banda de Tobi. Y para los adolescentes también aparecen los amigos de Archie, el joven matrimonio de Lorenzo y Pepita, el Llanero Solitario y las historias policiales de El Tony. Gracias a esos “chistes”, como eran llamados en nuestro país, los niños y adolescentes leían incansablemente, fortaleciendo con un auxiliar divertido sus capacidades de lectura.

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