LA CARTA QUE ABRIÓ HORIZONTES PARA LOS NIÑOS CON SÍNDROME DE DOWN

Manuel Valdivia Rodríguez

El año 1979, una carta remitida por un padre de familia a una renombrada sicóloga estaba destinada a tener una enorme repercusión en los estudios y experiencias referentes a la lectura por niños con síndrome de Down.

Leslie Duffen, profesor británico de ciencias, envió una carta a la sicóloga Sue Buckley, que entonces trabajaba en el Politécnico de Portsmouth, ciudad portuaria en la costa de Inglaterra. Conocedor de la preocupación de Sue Buckley en relación con el desarrollo de las personas con discapacidad, Leslie Duffen le contó que su hija Sarah, una niña de once años con síndrome de Down, estaba teniendo un buen desempeño como alumna en una escuela secundaria común no obstante su trisomía 21. En su carta, Duffen atribuía la buena marcha escolar de su hija al hecho de que él y su esposa, también profesora, habían enseñado a leer a su niña desde cuando está tenía tres años de edad. Contaba que al comienzo habían empleado tarjetas de lectura rápida (flash cards) y que con ese procedimiento su hija se había iniciado bien en la lectura. Aún más: La ejercitación de la lectura había beneficiado el desarrollo del lenguaje oral de su niña.

La carta mencionada mostró un nuevo rumbo a las investigaciones de Sue Buckley, que se concentró en los efectos que tendría una iniciación temprana en lectura sobre el desarrollo del habla de los niños y adolescentes con trisomía 21. Esa prometedora línea de investigación se extendió a varios países de Europa y América del Norte y ahora ya existe una cuantiosa suma de trabajos verdaderamente esperanzadores.

La experiencia de los Duffen con Sara, emprendida a fines de los 60’, estuvo teñida de mucha osadía. Por esos años, los niños con síndrome de Down eran atendidos en “hospitales para personas subnormales” y los profesores tenían el derecho a rechazar la presencia de un niño con ese síndrome en sus aulas. Se pensaba, según relata Duffen, que niños de esa condición “apenas aprenderían a sonarse la nariz o atarse los pasadores, pero no más” (i). No obstante, esa atmósfera malsana, los padres de Sara, Dylis y Leslie Duffen, hicieron el intento de trabajar con su niña.

Ellos consiguieron que Sara aprendiera a leer, pero hicieron más:

  • Probaron que los niños con síndrome de Down podían aprender a leer siempre y cuando recibieran una atención individualizada, paciente y confiada en la obtención de buenos resultados.
  • Mostraron que un método de enseñanza acorde con las características de los niños puede ser eficiente para el aprendizaje de la lectura, que en el caso de los niños con trisomía 21 tiene momentos y ritmos propios.
  • Permitieron que se alimentara la hipótesis de que una ejercitación temprana de la lectura favorece la apropiación de la lengua y mejora las posibilidades de usarla oralmente venciendo obstáculos propios niños con trisomía 21.

Hoy, cuarenta años después de la carta que relataba el éxito de Sara, la actitud y conducta de la familia y de la sociedad ha cambiado mucho (no tanto como quisiéramos); la investigación arroja luces confiables, y la pedagogía está mostrado rutas posibles. Sin duda, estamos avanzando.   

  • Tomo esa información de un artículo bajado de Internet (www.thetimes.co.uk/leslie-duffen-3r5gvqks6qg)

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