Homenaje al Dr. Walter Peñaloza

Manuel Valdivia Rodríguez

En esta fecha, siete de diciembre, nos reunimos cada año los exalumnos de la Escuela Normal Superior de La Cantuta, para rendir homenaje a la memoria de quien fue nuestro maestro en el sentido cabal de la palabra, el Dr. Walter Peñaloza Ramella.

Una reunión como esta fue promovida por primera vez en el año 2012 por miembros de la promoción ingresante en el año de 1959, lo cual no deja de ser significativo. Los integrantes de esa promoción tuvimos la fortuna de estudiar, siquiera por un año, a la sombra de un grupo de profesores notables, cada uno figura cimera en su especialidad, que habían acudido a la convocatoria del Dr. Peñaloza, primer director de nuestra escuela, y trabajaban con un empeño ejemplar en la formación para la docencia de jóvenes venidos de todas partes del país.

Ese año de 1959  dejó en nosotros una marca indeleble que ha guiado nuestra labor en el resto de nuestras vidas. Tanto quienes al egresar nos incorporamos al magisterio como también quienes decidieron seguir otras carreras profesionales, todos aprendimos en la escuela de La Cantuta que debíamos buscar la excelencia en el campo en que nos desempeñemos y que debíamos ponerla al servicio de los demás en busca de una sociedad más justa. Este ideal fue reforzado al año siguiente, cuando tuvimos que participar en la lucha por defender la autonomía y la categoría universitaria de nuestra escuela, que por entonces ya se había constituido en la mayor y mejor experiencia de formación de maestros en el continente gracias a la conducción lúcida, exigente y amiga del Dr. Peñaloza.

El Dr. Peñaloza nos dejó en el año 2005. Se fue serenamente “donde los más”, como decían los griegos, forjadores de una cultura que él tanto apreciaba. Si nos fijamos bien, con él se cierra una etapa en la educación en el Perú que también comenzó precisamente con él, en la década de los cincuenta: es la etapa en que se desarrolló con vigor un pensamiento orientador de la educación peruana. Cuando el Dr. Peñaloza fue llamado para que viniera al Perú a hacerse cargo de la escuela normal, él aceptó sin vacilar, no obstante que para ello tenía que abandonar una brillante trayectoria como filósofo especializado en teoría del conocimiento. Ya en la escuela, entonces ubicada en un local de Jesús María que ahora ya no existe, se dedicó a la dirección de la escuela pero no como mero administrador de la misma, sino que comenzó a pensar en una la educación atenta a las necesidades, proyectos y esperanzas del país.

Por histórica coincidencia, en esos años otros intelectuales peruanos comenzaron a reflexionar y escribir sobre la educación de nuestros jóvenes: Emilio Barrantes, Carlos Salazar Romero, Carlos Cueto Fernandini, Mario Samamé Boggio, Antonio Pinilla, Augusto Salazar Bondy tuvieron, desde sus propios campos, una viva inquietud por los problemas de nuestra educación y construyeron un ideario que felizmente tuvo un momento de concreción con el modelo de Reforma Educativa de los 70, la única integral de nuestra historia. De todos ellos, el último que no dejó, como cerrando esa generación, fue el Dr. Peñaloza.

Ahora que rendimos homenaje de admiración y gratitud a nuestro maestro, es oportuno hacer un reclamo a los especialistas y maestros que trabajan en el sistema,  a los estudiantes que se preparan para el magisterio y, por supuesto, a quienes fuimos alumnos de Dr. Peñaloza: Es preciso retomar el pensamiento que nos viene desde José Antonio Encinas y que fue prolongado con tantos frutos por los pensadores que vinieron después. Estudiar con ahínco sus obras, tomarlas como base para continuar sus reflexiones, y seguir creando en función de la realidad actual que ha cambiado mucho. De otro modo, estaremos como ahora, mirando lo que hacen otros países, buscando hacer lo mismo que Finlandia, Singapur o Chile, atendiendo a las propuestas de fuera, como el bachillerato internacional, o tratando de responder a las situaciones de coyuntura, como el puesto que hemos conseguido en las evaluaciones de PISA y otros.

Tenemos felizmente buenas raíces, que pueden desarrollarse pisando el suelo de nuestra realidad. De allí puede resurgir una savia vivificante que consiga hacer de la nuestra una educación genuina, capaz de forjar el alma de los jóvenes que necesita nuestro país.

Nosotros, los egresados de la Escuela Normal Superior Enrique Guzmán y Valle, nuestra querida Cantuta, estamos en edad de ir dejando el paso a las nuevas generaciones de maestros, pero tenemos el deber de decirles que hay en lo nuestro una veta de metal precioso, abierta, entre otros, por Walter Peñaloza Ramella, de quien podríamos decir exactamente lo mismo que dijo alguna vez Octavio Paz refiriéndose a otro intelectual latinoamericano: “Pensaba como filósofo, hablaba como maestro y sonreía como amigo”.

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