LOS PRIMEROS AÑOS DEL NIÑO Y SU LENGUAJE

Manuel Valdivia Rodríguez

niña y madreUn poeta romántico inglés, William Wordsworth (1770-1850),  dijo lo siguiente en uno de sus poemas más celebrados: “El niño es el padre del hombre”. Cito  este verso para atraer la atención hacia lo que sucede en los primeros años de la infancia y para decir también que esos años son fundamentales para la vida de la persona y en particular para el desarrollo del lenguaje.

Comparando la vida del hombre con la de los otros mamíferos –que son de la misma clase biológica a la que pertenecemos – la infancia de los seres humanos es la más prolongada. Tardamos mucho en crecer y madurar, pero llegamos a un nivel que los otros mamíferos no alcanzan, por lo menos en la esfera intelectual.

En los albores del lenguaje

           El recién nacido posee un organismo plenamente conformado, al que solo le resta desarrollarse. Todos los órganos están allí (el corazón, los pulmones, el estómago), pequeños todavía pero con una estructura cabal. El tamaño de los mismos aumentará con el paso de los años, gracias a procesos de división celular que favorecen el crecimiento orgánico con la aparición de nuevas células. Pero hay un órgano en el cual lo que sucede es distinto: el cerebro, esa formidable máquina cuyas honduras la ciencia apenas está columbrando. Casi todas las células del cerebro (al borde de los cien mil millones)  se han formado ya antes del nacimiento; lo que sucede después es que se van estableciendo las infinitas conexiones entre las neuronas, en un proceso que es más intenso en la infancia.

         En el código genético con que llegan al mundo los seres humanos se hallan, latentes, las funciones intelectuales: la inteligencia, la memoria, la imaginación, la percepción, que no residen en órganos especiales sino en complejas estructuras neuronales del neocórtex humano.  Una de estas funciones es el lenguaje, que según Terrence Deacon, investigador especializado en biología antropológica, es una función que ha ejercido un papel decisivo en el desarrollo del cerebro, a un punto tal que, según él, el cerebro humano ha llegado a ser lo que es en gran parte por obra del lenguaje. Para Deacon, gracias al lenguaje los seres humanos pueden “procesar información simbólica” y, por ende, tienen la capacidad de comunicar significados –comunicar en los dos sentidos: expresar y entender. Gracias a esta capacidad es factible también la adquisición de la lengua[1].

           Los niños que vienen al mundo poseen ya el lenguaje, aunque todavía en ciernes, aun en potencia. Pero encuentran en el mundo inmediato a los otros –la madre, el padre, los parientes, las personas familiares del hogar. Y desde muy pronto entablan alguna forma de comunicación con ellos: sienten la voz, el tono de la madre, responden al arrullo de la abuelita, expresan sus incomodidades. Apenas nacen, ingresan a un entorno donde se cruzan muchas señales, y donde se habla en una lengua que será después su lengua materna. Este contacto con los demás es el disparador de un milagro: los niños aprenden a hablar y se hacen aptos para entender lo que se habla, es decir que comienzan a desarrollar su lenguaje, y al mismo tiempo inician la adquisición de la lengua mediante algún mecanismo aún no dilucidado completamente por la ciencia[2].

          A lo largo de la vida infantil –y en general a lo largo de toda la vida de la persona- avanzará un proceso complejo, en el cual se desarrolla el lenguaje conjuntamente con la adquisición de la lengua. Para describir  este proceso se puede usar una imagen: es como si se fuera tejiendo una madeja con dos ramales que se entrelazan paulatinamente: uno es el desarrollo del lenguaje; otro es la adquisición de la lengua. Y uno no avanza sin lo otro.

           En cuanto al desarrollo del lenguaje, los investigadores mencionan una etapa prelingüística (que abarca aproximadamente el primer año de vida) y una etapa lingüística, que se extenderá al resto de la vida (Conviene advertir que las descripciones de esta segunda etapa se han concentrado en lo que sucede en la infancia, por lo que comúnmente se piensa que la etapa lingüística termina allí. Pero no es así; en realidad, el desarrollo del leguaje es un proceso prácticamente no tiene fin mientras vivimos).

           En la etapa prelingüística, los niños emiten señales carentes aun de intención comunicativa. El llanto, por ejemplo, es simplemente la expresión de una situación de incomodidad o sufrimiento. En esa línea estará la emisión de sonidos guturales, incluso el balbuceo que los padres interpretan amorosamente como un deseo de hablar o un intento de comunicación. Hasta hace poco no se ha hablaba mucho de lo que pasa en la dirección contraria, en la recepción del habla. Pero ya existen hallazgos que prueban que, aun cuando el niño no sea todavía capaz de emisiones verbales, su capacidad de recepción está ya funcionando. Noam Chomsky sostiene la existencia de un “dispositivo de adquisición del lenguaje” (DAL). En el primer año de vida este dispositivo ya ha entrado en acción. Un equipo de investigadores europeos, dirigido por la doctora Kathleen Wermke, de la Universidad Wurzburg, en Alemania, ha probado que niños de apenas tres días de edad lloran de modo distinto según sean hijos de padres franceses o alemanes (que son los grupos con los que se ha hecho la investigación). El hecho de que niños tan pequeños reflejen en su llanto la entonación característica de la lengua que habla la madre podría ser una prueba de que la adquisición de la lengua comenzó incluso en la vida intrauterina, y de que ya estaba influida por el entorno social. Pero no se necesita llegar allí para aceptar que el aprendizaje del habla se nutre de lo que el niño escucha en el entorno.

             Cuando se inicia la etapa lingüística, hacia el segundo año de vida, el niño ya ha  interiorizado elementos de la lengua materna, que maneja en forma pasiva al escuchar y comprender parte de lo que se le dice, y que comienza a emplear al comienzo de esta nueva etapa. En sus palabras frase o en las oraciones de dos palabras, características de estos primeros momentos,  el niño emplea  formulaciones lingüísticas nada casuales. Una frase tan simple como “mi yeche”, con que un niño reclama que se le dé su biberón, muestra un manejo temprano de la morfología, la sintaxis, la semántica y la fonología de su lengua. Y muestra también una intención comunicativa. Esa frase está cumpliendo una de las funciones del lenguaje: la función apelativa o conativa, de la cual hablaron, en momentos sucesivos, Bühler y Jacobson[3]. ¿No es este un ejemplo patente de la madeja aquella en que se cruzan lengua y lenguaje?

          En la etapa lingüística, el lenguaje se desarrolla apoyado en el instrumental que va ofreciendo la lengua. Esta es una etapa cuyo comienzo puede ser ubicado en los meses iniciales del segundo año de vida pero que se prolonga a lo largo de la existencia personal. Siendo tan dilatada, nos conviene distinguir en ella algunas fases o períodos, cuyas características nos serán útiles para efectos educativos.

           Podemos considerar un primer período que se extiende desde el primer año de vida hasta el inicio de la educación primaria (lo que generalmente sucede a las seis o siete años).

            En el tiempo que dura este período se produce un hecho que maravilla: los niños culminan la apropiación de la lengua. Bastan unos años para que entren en posesión de lo fundamental en cuanto a la gramática, la fonología y el léxico de la lengua que va a ser suya para siempre. Después, a lo largo de la vida, este caudal inicial se irá afinando y enriqueciendo, pero los cimientos ya se hallan establecidos.

Factores que influyen en el desarrollo del lenguaje infantil

            En la etapa prelingüística, la que abarca el primer año de vida,  la marcha es casi igual en todos los niños, sea cual fuere el ambiente en el que crecen. Casi todo es un desenvolverse de potencialidades que el niño ya poseía. Pero, en el primer período de la etapa lingüística, aquella que comienza a los dos años, más o menos, el avance estará marcado por notables diferencias. El desarrollo de los niños en cuanto a la lengua  y al lenguaje, que sigue dependiendo de las capacidades intelectuales del niño,  comienza a ser influido por tres factores  externos, presentes en el medio: la riqueza de los intercambios comunicativos en la familia, la lengua en que se producen y las experiencias que viven los niños.

             Las familias tienen comportamientos comunicativos distintos. Hay familias donde los intercambios son muy ricos. Los parientes conversan con frecuencia, dialogan reposadamente, hacen comentarios. Se acercan a los niños y aun siendo muy pequeños, “les conversan”, les relatan cuentos, cantan para ellos. Pero hay familias donde los niños son casi ignorados en cuanto a la relación comunicativa, tal vez en la creencia de que son muy pequeños para “entender” o porque los mayores no tienen mucho tiempo para concederles atención. Esta menor comunicación tiene consecuencias en contra. Un padre que no responde a las frases balbuceantes del hijo pequeño no  lo está ayudando, no solo en cuanto a la adquisición de la lengua sino también en cuanto al desarrollo del lenguaje. Si nadie atiende a lo que narra, comenta o solicita ¿cómo va a afinar las capacidades de comunicación?  Para aprehender la lengua y para formar las capacidades de comunicación los niños necesitan escuchar a los demás viéndoles el rostro, necesitan ser testigos de lo que se dicen las personas cercanas; necesitan que se les hable, que se les escuche. Hasta el ambiente físico contribuye al desarrollo o lo dificulta. Un hogar, por ejemplo, donde impera el ruido del televisor o la música estruendosa que escuchan los hermanos mayores, priva a los niños del imput lingüístico que necesitan. Ellos no escuchan lo que dicen otras personas y tampoco relacionan lo poco que oyen con los gestos y movimientos que se realizan al mismo tiempo. Eso afecta sin duda su aprendizaje.

              Lo que sucede en estos años también depende de la lengua que se habla en el hogar. Los niños se apropian de la lengua que se habla en él.  Se podría mencionar aquí asuntos como la variedad dialectal o el sociolecto que se habla en la familia o el tipo de código que se emplea, amplio o restringido, o  la variedad  de registros, etc. No necesitamos llegar a un análisis fino de este asunto para afirmar, sin embargo, que la lengua que adquieren los niños es de algún modo congruente con la que se emplea en sus respectivos los entornos familiares. Y como estos no son iguales, el habla de los niños de ambientes lingüísticos distintos termina también por ser diferente. No decimos más rica ni más pobre: solo afirmamos que es distinta.

             Y un tercer factor influyente es la experiencia: El aprendizaje del léxico, sobre todo, está ligado a las experiencias que viven los niños. Si asumimos  el modelo de Saussure para el signo lingüístico el significante lo capta el niño del entorno verbal, y el significado de la experiencia. Sin embargo, el establecimiento de esta relación solo es posible si el niño es acompañado en su experiencia. Un niño que pasea solo por el parque zoológico algo adquiere pero no todo lo que podría; otro que va con un pariente que conversa sobre lo que ven juntos gana mucho más. Esta dinámica también crea diferencias: las experiencias se producen en medios diferentes; en consecuencia los aprendizajes son también distintos. Niños que crecen en el campo conocen un mundo distinto que el de niños que crecen en la ciudad. Y los elementos lingüísticos que adquieren son también diferentes.

             En medio de circunstancias tan diversas, hay algo común a todos los casos: Las adquisiciones de los niños son obra de su propio esfuerzo; se producen sin que nadie se haya propuesto enseñarles a hablar ni enseñarles una lengua. El sicólogo norteamericano John Holt dijo en su libro Cómo aprenden los niños que si los adultos tuviéramos que planificar la enseñanza de la lengua materna a los niños estos no aprenderían nunca; felizmente, no nos necesitan, porque ellos aprenden de nosotros con sus propias armas intelectuales. Eso es lo extraordinario. Los primeros años de vida –que son los de la adquisición de la lengua- son los años de mayor actividad neuronal en el ser humano. Y lo hermoso de todo es que, junto con la adquisición de la lengua, el desarrollo del lenguaje y el incremento de la experiencia, todas las funciones intelectuales –la memoria, la imaginación, la inteligencia, la percepción- se hacen más potentes.

Luego del ingreso a la escuela

                   A los seis o siete años, los niños ingresan a la escuela, al nivel de Educación Primaria. Este hecho marca un hito en sus vidas, porque en la escuela entran en relación más directa con el uso escrito de la lengua. Se inicia así el segundo período que hemos mencionado antes. Hasta entonces, la comunicación era principalmente oral, y como tal, tenía las características de la comunicación de este tipo: era favorecida por el gesto y la mímica, estaba apoyada por elementos paralingüísticos (la entonación,  el énfasis, el color de la frase), contaba con el auxilio de la situación. Todo eso entraba en acción para apoyar la comunicación mediante la palabra hablada. Ya en la escuela, los niños aprenden a leer y escribir: tienen que enfrentarse –si cabe el término- con la letra escrita, que es un sistema de símbolos que representan a su vez otros símbolos. Entran a vivir situaciones donde ya no sirven los gestos, las señales corporales, la entonación o la circunstancia. Están los signos escritos y no más. Los niños tienen que aprender a leer y a escribir, lo cual exige competencias de orden superior, tal como las consideraba el sicólogo ruso Lev Vigotsky. Felizmente, los niños, si ha sido bien guiados, salen airosos nuevamente: a los siete años comienzan a leer y casi al mismo tiempo pueden escribir, y esto implica un vuelco en su vida mental. Las investigadoras inglesas Uta Frith y Sarah-Jane Blakemore hablan del “cerebro alfabetizado” para significar que la lectura y la escritura producen cambios radicales en las estructuras y comportamientos cerebrales. Esta nueva condición había sido ya adelantada por Alexandr Luria (1976), cuando habló de los condicionamientos sociales y culturales del desarrollo cognitivo. Pero ahora hay pruebas patentes, logradas en laboratorio, de que esos cambios se producen. Los seres humanos no están condicionados genéticamente para leer y escribir, pero algo sucede en el cerebro de los niños que, por misteriosos caminos de transferencia, pueden hacer un uso escrito de la lengua.  El homo loquens  es ahora homo legens. El niño era dueño de la palabra oral; ahora es dueño también de la palabra escrita. Y eso le abre horizontes tremendamente promisorios.

               Eso es cierto; pero, como muchas promesas, los horizontes pueden ser febles. Así es, porque todo depende de lo que haga con esa nueva potencia. El leer y escribir ha sido una enorme adquisición, pero puede quedar en casi nada. Y aquí es preciso hablar de la responsabilidad de la escuela, de la trascendental responsabilidad de la educación escolar.

                Hasta antes de los siete años, los niños estaban en el imperio de lo oral. En este período los protagonistas –además de los propios niños- eran los padres, los parientes cercanos, quienes creaban el entorno lingüístico y comunicativo. Luego ingresaban las maestras y las promotoras de la educación inicial, el personal de servicio en los hogares que se permiten ese lujo, los vecinos, los vendedores en las tiendas, etc. Todos proveían de mensajes orales y todos obraban en favor del aprendizaje infantil. Pero el mundo de la comunicación escrita es, para los niños, más cerrado, menos amplio. A fin de cuentas, es el mundo de la escuela: es allí donde se lee y se escribe más; a veces es el único lugar donde eso se produce.

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[1] En el curso de esta ponencia hablaremos del ‘lenguaje’ como función intelectual inherente a cada individuo, distinto de ‘lengua’, que es un sistema de símbolos verbales que existe fuera del individuo. En castellano podemos hacer uso pleno de esta diferencia, que es menos visible en inglés.

[2] En momentos distintos y desde posiciones muy diferentes, Skinner, Chomsky, Slobin, Piaget, Bruner han propuesto hipótesis diferentes para explicar cómo se produce la adquisición de la lengua por los niños. En los últimos años, las neurociencias están llegando a constataciones extraordinarias

[3] Karl Bühler organizó su modelo en tres funciones: apelativa, referencial y expresiva (1934); Karl Popper añadió una cuarta función: argumentativa. En 1948, Roman Jacobson amplió el esquema de Bühler a seis funciones: la expresiva, la apelativa, la representativa, la fática, la poética y la metalingüística.

7 respuestas a LOS PRIMEROS AÑOS DEL NIÑO Y SU LENGUAJE

  1. Angel dice:

    Como siempre muy bueno el contenido, gracias Manuelito. Que Dios te siga iluminando para bien de muchos.muchos abrazos.

  2. César Rolando Picón Espinoza dice:

    Manuel: Te felicito por tu posicionamiento interpretativo e innovador acerca del aprendizaje que hacen por su propia cuenta las y los niños de la primera infancia, cuando su creatividad natural aún no ha sido mutilada por la Escuela. Un abrazo.
    César Picón

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Apreciado César: Has reparado bien en mi intención: destacar los procesos de aprendizaje de los cuales es actor el niño aun sin que exista una intención pedagógica en quienes lo rodean, hecho singular que acontece en muchos aspectos durante los primeros años de vida. Concuerdo contigo en que este esfuerzo de apropiación por parte del niño puede ser (suele ser) mutilado por la escuela. Adonde apunto es justamente a llamar la atención de los maestros sobre el rol a que están llamados para transformar este aprendizaje espontáneo en un aprendizaje intencionado hacia metas que los estudiantes mismos deben encaminarse. Igual: un gran abrazo.

  3. Luis Manuel Respaldiza dice:

    Llegué al mundo con habilidades genéticas que recién comprendo. Mis impresionables ojos se fueron especializando en los seleccionadores de estímulos ópticos, mejor dicho, en el rigor y exactitud de los resultados. Cada movimiento y cada forma debía ser registrada en mi cerebro, como una comunicación biunívoca, solo así adquiría sentido el universo que me rodeaba, solo así podía alcanzar a satisfacer mis exigentes necesidades primarias. Mis oídos aprendían los sonidos que me serían familiares, y establecer mi banda sonora. Acogí el timbre de mi madre como único, para distinguirlo de otros muy cercanos. Mis manos apreciaban la tersura, el calor y el frío, la aspereza y suavidad de las prendas, mi olfato grababa para siempre el bálsamo de mi madre.

    fragmento de “Una hermosa tempestad”

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Gracias, Lucho. Un lindo texto, desde la perspectiva del niño. Es importante que los padres sepan que desde el primer minuto después del nacimiento el niño comienza a formar su percepción del mundo, y que en ello, el rol materno es importante. Un abrazo.

  4. Epifania dice:

    ojala que mas familias den la atención necesaria a sus hijos para sean mejores

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Definitivamente, Epifania. No recuerdo quien lo dijo pero alguien protestaba diciendo que los maestros no pueden reparar los errores cometidos en las familias. Eso, en todo sentido. Saludos.

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