EL ESCUCHAR Y EL HABLAR EN LA FAMILIA Y EN LA ESCUELA

Manuel Valdivia Rodríguez

niños en familia 1El escuchar es una función de importancia radical en la infancia. Desde el nacimiento –y aun antes- los niños toman el primer contacto con la lengua escuchando lo que hablan sus padres y otros parientes, y gracias a este contacto, en los años siguientes los niños se van apropiando de la lengua en sus diversos subsistemas (semántico, fonológico, morfosintáctico). Esta apropiación es tan vigorosa durante la primera infancia que los niños de seis años –aproximadamente cuando están iniciando su educación primaria-  ya poseen lo fundamental de su lengua, naturalmente con la posibilidad de enriquecerla y afinarla después, a lo largo de toda su vida. Pero es preciso destacar una condición especial: el escuchar que coadyuva al logro de este aprendizaje es un escuchar muy activo. Se produce siempre en situaciones concretas de la vida familiar en las que participa el niño. En el hogar, los niños escuchan  lo que se dice y a la par observan lo que pasa. Son espectadores –incluso actores- de lo que sucede y se dice, y por eso lo que escuchan está siempre cargado de contenido.

Cuando están listos para hacerlo, comienzan a emplear formas elementales de comunicación que apuntan a lo verbal. Producen sonidos que pretenden ser palabras y frases, “dichos” no por gusto sino con un intento de comunicación. Con ellos llaman la atención, piden, exigen, establecen contacto con los demás. Desde el comienzo, estas formas se van acomodando a las características de la lengua que escuchan a diario.  Y así, a lo largo de pocos años, los niños se hacen dueños de su lengua, que, como es adquirida en el hogar,  es llamada “lengua materna”.

Es importante destacar el hecho de que el hablar y escuchar durante la infancia, época en que se produce la adquisición de la lengua materna, son actividades funcionales que se realizan en el seno de la familia en búsqueda de una comunicación requerida para propósitos concretos. No son ejercicios de habla y de escucha, sino acciones reales que responden a necesidades sentidas por los niños. En el hogar, los niños conversan, dialogan, inquieren, interrogan, discuten, relatan, se quejan, proponen, etc., y por lo general son escuchados y consiguen alguna respuesta que estimula su aprendizaje. Como es natural, este aprendizaje es mejor cuanto mayor y más rica es su relación con sus parientes y otros miembros del entorno familiar.

Lamentablemente, al llegar a la escuela los niños ingresan a un ámbito con menos ocasiones para un hablar tan activo como el que caracterizaba su presencia en el hogar. Esto no es vicio de la escuela, sino un resultado de la situación escolar, en la cual un maestro tiene que trabajar con veinte, treinta o más niños. Esa constitución del grupo en el aula modifica la forma de los intercambios orales, que ya no puede ser tan rica y directa como lo era en el ambiente familiar. Los niños escuchan lo que dice el maestro, pero este casi siempre se dirige al grupo, empleando un discurso menos contextualizado, por lo general sin apoyo de la situación. No están a la vista, palpables, las personas, los animales, las cosas, los hechos de que habla el profesor: todo queda confiado a la palabra y a la imaginación. Cuando hablan, los niños por lo común lo hacen para responder preguntas o para intervenir en forma coral. Como se ve, en la escuela, el hablar y el escuchar cambian de estilo, lo cual debilita las posibilidades de los niños para seguir construyendo su lenguaje, para continuar con el proceso que se inició en la vida familiar.

Este cambio podría ser considerado normal, inevitable. En la escuela, los niños forman parte de grupos numerosos  a cargo de una sola persona mayor y tienen que acomodarse a situaciones comunes para todos. Aun con la mejor intención, no se puede reproducir en el ámbito escolar la dinámica verbal de la familia. Sin embargo, los niños necesitan enriquecer su lengua y fortalecer sus capacidades de comunicación. Se produce así, una circunstancia paradójica cuya solución reside en un cambio de dirección en las maneras de incorporar el hablar y el escuchar en las actividades escolares. En otras palabras, el hablar y el escuchar deben adoptar nuevos roles y nuevas formas, que no tienen que ser iguales a los que se emplean en la casa. Si se produce este cambio, la escuela puede ofrecer muchas posibilidades para favorecer el lenguaje de los niños y para aprovecharlo eficazmente como vehículo orientado al logro de múltiples propósitos de educación y aprendizaje. Ese cambio es, pues, urgente.

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