EL NOMBRE DE LA ABUELITA: la alfabetización pendiente

Manuel Valdivia Rodríguez

Hace ya varios años, cuando se producía la campaña para las elecciones presidenciales que ganó Alan García, escribí este artículo sobre un tema de alfabetización. Ahora, no obstante que el presidente García anunció pomposamente que gracias al programa de alfabetización de su gobierno “el Perú etaba libre de analfabetismo”, este problema que afecta a buena parte de la población peruana se mantiene y su atención no está siendo retomada con la fuerza que merece. Por eso, he decidido incluirlo en mi blog tal como lo escribí entonces, con el proyecto personal de seguir tratando el asunto. Verán los lectores que en una parte menciono un programa oprobioso que hace una vulgar caricatura de nuestras mujeres de la sierra. Ese programa sigue propalándose, lo cual es una muestra más de que las cosas no han cambiado. Por eso publico de nuevo el mismo artículo.

Cumpliendo acciones de evaluación del Proyecto EDUBIMA (CARE), estuve de nuevo en Puno a mediados de diciembre pasado. Este departamento está asentado, todos lo saben, en la vasta altiplanicie de la Meseta del Collao. Pocos lugares como éste hay en nuestro país donde se puede tener la experiencia de inmensidad. Mirando hacia cualquier lado se llega a pensar que la llanura no acaba. Allí, desperdigadas, muy distantes unas de otras, están las poblaciones de los quechuas o los aimaras que ahora la ocupan. Una de éstas es la de Tiruyo, relativamente cercana a la ciudad de Azángaro, donde la gente vive, como en muchas partes, de lo poco que puede arrancar del suelo en sus labores de cultivo y de lo que obtiene del ganado magro y famélico que pastorea.

En la escuelita de esa comunidad asistí a una asamblea de hombres y mujeres que estaban participando de el programa de alfabetización de EDUBIMA, que se habían reunido precisamente para conversar con quienes integrábamos el equipo de evaluación. En esa reunión, que transcurrió con mucha cordialidad, varias mujeres nos mostraron con orgullo cómo podían leer algunos textos en quechua, en un nivel todavía elemental pero satisfactorio. Y cuando quisimos saber cómo escribían, alguien sugirió que saliera “la abuelita”, una mujer en efecto muy mayor pero que había intervenido varias veces en la reunión con alguna frase en quechua o simplemente con una sonrisa.

La abuelita salió al frente, tomó la tiza y comenzó a escribir, lentamente, una letra y después otra y después otra, en un tiempo que duró una eternidad porque todos –la promotora, sus compañeros y hasta nosotros- llegamos a cargarnos de una cierta angustia. Cuando terminó, se volvió a su sitio, casi corriendo, encogidos los hombros y tapándose la boca con un mohín muy propio de las mujeres andinas. En la pizarra quedaron dos palabras: su nombre y su apellido. No más. Después supimos que eso era todo lo que ella podía escribir.

Si se hubiera tratado de un aula infantil, y la escribiente hubiera sido una niñita de seis años, habríamos pensado que qué bien, que ése era un buen comienzo, que más adelante  escribiría más; pero esta mujer era una anciana en el tramo final de su existencia que sólo sabía escribir dos palabras. Dos palabras que tal vez sean las únicas que alcance a trazar esa mujer después de una vida signada por la miseria. Porque, sí; ella, como las demás mujeres que conformaban el grupo, era una campesina indígena,  de rostro quemado por la calina del medio día y el viento frígido de las noches; con las manos ásperas de manejar la llank’ana y desterronar el suelo, y sin embargo tibias para abrigar a sus nietos y cargarlos a la espalda. Mujeres nobles, muy distantes de aquella monstruosa caricatura que presenta en la TV un humorista infame, en un programa que tiene varios auspiciadores cómplices del insulto.

Es penosa la constatación de que en el Perú hay casi dos millones doscientos mil personas que, como esa anciana, son analfabetas. Bien sacadas las cuentas, ellas constituyen la sexta parte de los peruanos mayores de dieciocho años, que son aproximadamente trece millones. Y no son simplemente analfabetas: son personas, personas que madrugan para trabajar en el campo, en las minas, en los mercados, en los menesteres de construcción, en la recolección de basura,  y que regresan por la noche a sus casas de adobe en el campo o a sus casuchas de estera, latas y cartones en las ciudades.

Uno de los compromisos que el Perú contrajo en Dakar fue reducir notablemente el número de analfabetos en un plazo que ya está corriendo y que termina dentro de diez años. Las cifras que se refieren a las personas analfabetas no figuran entre los titulares de los periódicos, pero esas personas existen. Lo malo es que son Los Olvidados –como titula un célebre film de Buñuel, producido cuando éste gran director español había pasado del surrealismo al más crudo realismo. Hasta donde sé, sólo uno o dos de los candidatos a la presidencia del Perú los ha mencionado. ¿Serán también, como en la comedia italiana, “Los Desconocidos de Siempre”?

mvreduc@yahoo.com

Una respuesta a EL NOMBRE DE LA ABUELITA: la alfabetización pendiente

  1. kadeca dice:

    Cierto, muy cierto, es una triste realidad que ocurre en nuestro país, pero donde están los responsables de esta historia? seguro preparándose para el próximo festín electoral del 2 016.

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