LA LECTURA DE POEMAS PARA NIÑOS ¿DISTINTA?

Manuel Valdivia Rodríguez

Los poemas infantiles tienen categoría igual que los poemas que gustan los adultos. No son distintos. Los poetas que los crearon pocas veces se propusieron crearlos especialmente para los  niños. Simplemente los crearon. De entre todos, algunos tienen alguna característica misteriosa que los hace ser preferidos por los niños. ¿Es la anécdota que refieren? ¿Es el ritmo de los versos? ¿Es el lenguaje? ¿Quién podría saberlo? Hay algo, sin embargo, que es preciso decir: los poemas de que se apropian los niños se valen de los mismos recursos de toda poesía y necesitan ser leídos con la actitud con que nos acercamos al arte poético en general. ¿Cómo? Intentaremos mostrarlo haciendo la siguiente experiencia: leyendo, primero, un poema “para mayores” de Edith Södergran,  una extraordinaria poeta finlandesa que murió joven, enferma de tuberculosis, apenas pasados los treinta años; y, luego, leyendo un poema que puede ser “para niños”, del poeta peruano Antonio Cisneros, considerado entre los mejores de la literatura latinoamericana contemporánea.

El poema de Edith Södergran es el siguiente:

                                                                             Otoño

Los árboles desnudos están en torno de tu casa

y dejan pasar cielo y aire sin fin,

los árboles desnudos descienden a la orilla

y se reflejan en el agua.

Un niño juega aún en el humo gris del otoño

y una niña va con flores en la mano

y en el horizonte vuelan pájaros plateados.

El título ya nos ubica: “Otoño”, pero un otoño de Europa, con rasgos muy marcados, no como los nuestros, que apenas se distancian del verano. Tomándolo en cuenta, ya nos figuramos de qué escenario se trata. Hay que imaginar el cuadro: una casa campestre rodeada de árboles que han perdido sus hojas. Por eso están “desnudos”, tan libres de follaje que a través de ellos se puede ver el cielo y sentir el aire. La imagen que tenemos en mente ¿Es colorida? ¿Es festiva? No. Prima en ella lo gris, en todos caso el color de oro quemado que tienen las hojas secas. Tratemos también de imaginar el mundo sonoro: ¿Hay silencio? ¿Se escucha algún bullicio? ¿Se oyen voces? ¿Cantos? Completemos la imagen con lo que nos sugieren los dos versos siguientes: “los árboles desnudos descienden a la orilla / y se reflejan en el agua”. Nuestra mirada se posa en el agua donde se ven reflejadas las estructuras arbóreas. ¿Qué agua es esa? ¿De un río, de un riachuelo, de una acequia, de un lago? Si en el agua se puede ver reflejadas las siluetas de los árboles, no es un agua corriente. Imaginemos, pues, la superficie de un lago, muy quieta, porque, ¿lo recuerdan?, no había viento, solo aire que pasaba entre las ramas.

Hasta aquí ha intervenido nuestra imaginación, creando un paisaje con pocos colores, silencioso, tal vez con aromas que nuestra memoria convoca. De pronto, aparece en nuestra imaginación un niño que juega cerca de la orilla. No nos queda sino imaginarlo en un extraño juego ¿Salta? ¿Corre? ¿Se entretiene con alguna rama? ¿Quién es ese niño que juega “todavía” en el atardecer neblinoso de otoño. No lo sabremos porque no se nos dice nada más. Cerca o lejos de él, pasa una niña. No corre, no camina: pasa. Y pasa “con flores en la mano”. ¿Qué flores pueden ser, si es otoño? No es un descuido de la poeta, no hay allí ninguna incoherencia. Así como aceptamos que hay un niño solitario jugando en el bosque no nos queda más sino aceptar que puede pasar una niña que ha recogido algunas flores. Pero esa niña, probablemente rubia, puesto que es una niña nórdica, y probablemente vestida con un traje claro, pone la única nota de color en el cuadro: los colores de las flores que lleva en la mano. Y como destacando lo gris del paisaje, “en el horizonte vuelan pájaros plateados”. Ni canarios, ni petirrojos, ni jilgueros, solo misteriosos “pájaros plateados”. Y una niña que lleva un ramito de flores.

Si hemos leído esta joya lírica con la sensibilidad dispuesta a recrear en nosotros mismos las sensaciones que nos sugiere, habremos compartido con la poeta parte de su mundo. Con eso puede bastarnos.

Una actitud parecida es la que debemos infundir en nuestro ánimo cuando leemos con nuestros niños algún poema considerado como un poema infantil. Leamos con procedimiento parecido los versos de “Los caballos”, de Antonio Cisneros.

Los caballos

vuelta y vuelta

como el sol

con sus patas

de madera

y sus ojos

de algodón.

Pero leamos el poema dejándonos conducir de la mano por Cisneros. Él ha querido llevarnos de sorpresa en sorpresa y por eso ha separado los versos no en cualquier lugar de las frases sino en los lugares precisos. Leamos el poema verso por verso –como se debe leer un poema- construyendo la imagen que cada uno nos sugiere, pero atentos a los cambios que se producen al continuar la lectura:

Comenzamos: “Los caballos” y acude a nuestra imaginación un grupo de equinos, con toda la belleza de que son capaces estos animales. Pero el poema sigue: “Vuelta y vuelta”. Nos sorprende algo: el grupo va dando “vuelta y vuelta”, tal vez porque no son libres, porque están como encerrados en un espacio y no les queda otra cosa que dar vueltas; pero vueltas “como el sol”, es decir precisas, circulares, exactas.

Los siguientes versos nos dan la explicación: “con sus patas / de madera”. Se trata de dos versos que la teoría denomina “encabalgados”, que deben ser leídos como si fueran una sola frase pero con una pausa infinitamente pequeña entre ambos. Estos caballos son de madera. Y como dan “vuelta y vuelta”, siempre en redondo, son los caballos de un carrusel. Más que caballos, caballitos de feria. Al fin lo sabemos. Y por eso no nos extraña que tengan “ojos de algodón”, apenas motas de tela.

Es un drama lo que pinta Cisneros: Caballos rígidos, ciegos, sujetos eternamente a un plato grande que se mueve por obra de un motor. Pero nuestra imaginación y nuestra memoria pueden acudir, si queremos, en favor de esos caballitos. Son animales fingidos, sí,  pero siempre de colores, adornados con penachos, arneses y monturas, que en algún momento, cuando se enciendan las los foquitos y trepen los niños que pidieron subir, cobrarán una vida distinta que compensa su esclavitud. Esto ya no lo dice Cisneros. Lo pensamos nosotros, los lectores, que recreamos el poema que nos propone su autor. A fin de cuentas, lo dice la teoría, la poesía es obra de una colaboración –complicidad, prefiere decir Octavio Paz- entre el poeta y el lector, ambos creadores de unidades irrepetibles, porque el poema que lee usted es seguramente distinto del que leemos los demás.

Por eso, la lectura de poesía en el aula no se presta a interpretaciones únicas. No se trata de “explicar” poemas. Se trata solamente de compartirlos con los niños, procurando que los disfruten y vean más allá de lo que salta a la vista y al oído en el primer contacto. Nada más.

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