MAS ALLÁ DEL ENFOQUE COMUNICATIVO

Manuel Valdivia Rodríguez

En los comienzos de los 90’, cuando se buscaba la articulación entre la educación inicial y la primaria, se implantó el enfoque comunicativo en el área curricular que luego sería llamada Comunicación Integral. El énfasis en lo comunicativo tenía una razón atendible: la mirada estaba puesta en los niños de cinco a siete años, que en esa edad están ampliando sus relaciones con los demás y no solo se vinculan con los miembros de su familia: para encontrarse con los demás, precisan de medios para la comunicación.  Por eso, justamente,  se concedió mucha importancia a la comunicación oral, no solo para que los niños se afirmaran como personitas sino también para que enriquecieran su lengua materna, instrumento fundamental para la vida con los demás.

Como en esa edad los niños están  iniciando el aprendizaje de la lectura y la escritura, el enfoque comunicativo fue dirigido también a estos dos procesos. Para  la lectura se insistió en el empleo de textos reales, aquellos que sirven precisamente como puente con los demás: esquelas de invitación, cartitas familiares, avisos escolares, y  se dio campo a los textos útiles en la vida comunitaria: afiches, carteles, volantes, envolturas de productos, recetas de cocina. Camino parecido fue seguido en la producción de textos: Los niños debían ser capaces de construir textos para enviarlos a destinatarios reales o ficticios o colocarlos en lugares visibles de la escuela. Lo principal era que consiguieran la comunicación y tomaran consciencia del valor del lenguaje para dicho efecto.

Esa línea de pensamiento mantuvo su fuerza en esa década, y tal vez estuvo bien. El problema es que, corridos los años,  conservó  sus privilegios más allá de los primeros grados y llegó incluso a la educación secundaria, donde el enfoque comunicativo sigue reinando. ¿Problema? Sí, porque el impulso hacia lo comunicativo ocasionó el descuido de otro aspecto importante del lenguaje: Que este, además de tener un rol social, cumple uno de carácter personal, individual.  El lenguaje está ligado al pensamiento y  tiene por eso una función cognitiva. La formación de conceptos, la construcción de conocimientos, la memorización y el recuerdo, la invención y la imaginación, todo eso necesita del lenguaje.

Esa función se manifiesta desde los primeros grados: cuando los niños examinan un objeto y dicen cómo es, cuando elaboran una lista de objetos familiares, cuando participan en la construcción de un mapa semántico, cuando, en fin, realizan actividades que los conducen a exteriorizar lo que saben o están aprendiendo, hacen uso del lenguaje pero en su función cognitiva. El lenguaje les sirve no para decir, sino para saber.  Y esta función llega a ser casi la privilegiada en los grados superiores, pues gracias al lenguaje el pensamiento propio se objetiva y puede ser examinado por uno mismo y por los demás. La laboriosa construcción de un mapa conceptual, la lectura concentrada,  la redacción de un resumen, el registro de observaciones y conclusiones, la formulación de hipótesis y juicios, la toma cuidadosa de apuntes – tan propios de la educación en los grados superiores- no se hacen para comunicarlos a los demás sino para organizar el instrumental cognitivo propio, base de la acción en el medio social, cultural o natural. Así lo dijo  Vygotsky de modo rotundo: “El pensamiento sufre muchos cambios al convertirse en lenguaje. No es una mera expresión lo que encuentra en el lenguaje, halla su realidad y su forma”[1].

Las operaciones y acciones a que aludimos no constituyen procesos naturales, que fluyen espontáneamente en el curso del desarrollo: necesitan ser formados en la escuela a lo largo de mucho tiempo y con la contribución de todos.

La atención a las aristas cognitivas del lenguaje no impide que se mantenga la mirada en las labores comunicativas. Por el contrario, hay una mutua complementación, pues ambas no son posiciones rivales, alternativas: solo revelan la realidad bifronte del lenguaje: de un lado tiende a lo social, del otro a lo individual, pero partiendo de la misma fuente, el intelecto.

En la revisión del currículo que se anuncia, este es un asunto que debe ser abordado, haciendo que ambas líneas sean mostradas con nitidez, pero atendiendo mejor los aspectos cognitivos que hasta ahora han sido mantenidos como si fueran vitandos. Hacer esta revisión  no es tan simple, pues desborda los límites del área de Comunicación y tiene mucho que ver con las otras áreas, especialmente las que tienen responsabilidad en la formación del conocimiento. No se trata, pues, de proclamar un nuevo lema, sino de introducir cambios profundos en los contenidos curriculares y en la metodología de la enseñanza.


[1] VYGOTSKY, Lev. Pensamiento y lenguaje. Bs.As., La Pleyade, 1977. p. 167

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