EL EXPERIMENTAL DE AREQUIPA

                                                                                       Manuel Valdivia Rodríguez

 Con amorosa diligencia, mi madre consiguió matricularme en una pequeña escuela pública situada en el centro de la ciudad de Arequipa -el Instituto de Experimentación Educacional- para que hiciera allí mi educación primaria. Corridos los años, y seguro de que la nostalgia no me perturba la visión, he llegado a pensar que esa escuelita fue una concreción bastante cabal del movimiento pedagógico que cruzó el siglo XX con diversos nombres: escuela activa, escuela nueva, nueva educación. Puedo decirlo, porque en mi ya larga carrera he visitado cientos de centros educativos con la mirada puesta precisamente en el quehacer pedagógico, y no he visto muchas escuelas que se le parezcan.

Puedo imaginar que “El Experimental” –ése era el nombre por el que se conocía al instituto- afrontaba los mismos problemas presupuestales que tienen las escuelas de ahora. Salvo las mesas con tablero verde en que cabíamos cuatro niños, no había allí nada que lo hiciera materialmente diferente a los demás centros educativos. Pero era distinto –entre otras notas que no voy a describir ahora- por la manera cómo ponía en marcha ciertos proyectos. Y de eso quiero hablar.

Uno de estos proyectos fue el programa de inglés, que llegó a durar hasta dos años. ¿La profesora? Una alumna del Colegio Secundario de Mujeres El Carmen. En efecto, nuestra profesora llegaba con su uniforme de colegiala, y se ponía al frente con una didáctica sencilla que seguramente era la misma con la que había aprendido lo que compartía con nosotros. La conjugación del verbo to be o la letra de algunas canciones (“One little indian, two little indian, three little indian boys…”, “Are you sleeping, brother John? ) quedaron para siempre en la  memoria de cuarenta varoncitos que la mirábamos casi con arrobo. Cuarenta menos uno, porque ése uno era su hermano, el Cuizo Gamarra. En efecto, la “señorita de inglés”, nuestra profesora, era la hermana mayor de un condiscípulo nuestro, y por eso justamente fue posible contar con su ayuda.

El profesor de Religión era también otro jovencito, mayor que nuestra profesora uniformada. Era un seminarista en cuya ceremonia de ordenación cantó después el coro del “Experimental”, famoso por varios años en Arequipa. Mientras nuestro coro a dos voces cantaba un himno cuya letra comprendíamos apenas (“Adiós placer, adiós goces mundanos…), mirábamos a nuestro profesor cumpliendo con lo que era su vocación. La vida lo habría llevado por otros rumbos, porque no vino más al instituto. Pero esa fue su mejor lección.

El tío de nuestro compañero Núñez –como en todo colegio nacional, éramos identificados por los apellidos-, el tío de Núñez fue nuestro profesor por un tiempo de un curso que seguramente no existía en el plan de estudios: Folclore. Lo único teórico que nos dijo la primera vez que apareció fue que la palabra “folclore” venía de dos voces: folk (pueblo) y  lore (costumbre). Después  de esa única noción, sus clases consistieron en relatarnos un florilegio de leyendas andinas. Cada vez que vuelvo a Arequipa y miro las cumbres del Pichu Pichu, no veo las rocas eternas, sino el cuerpo dormido de un indio enamorado que el Inti castigó convirtiéndolo en piedra, tal como reza una leyenda que escuchamos aquella vez. Esa, y otras imágenes, las debo a ese señor generoso, pariente de un compañero, que venía los jueves a la clase de folclore.

Un día, los integrantes del coro del Experimental recibimos una noticia que nos maravilló: vendría a tocar el piano, para acompañarnos, el maestro Benigno Ballón Farfán. Cómo no alegrarnos si íbamos a conocer al autor de “Silvia” y de otras canciones que formaban nuestro repertorio, como aquella que cantábamos tan bien:

                        Sois sirena,

                        Encantadora, como no.

                        Ay, dime, dime sí,

                        Ay, no me digas no,

                        Encantadora como no.

Vino, en efecto: ya anciano, bajo de estatura, de cuerpo robusto, poco pelo ensortijado, con mirada severa por encima de los lentes. Habríamos de verlo pocas veces, porque pronto enfermó y murió en su modesta casa de la avenida Goyeneche.

Igualmente provechoso para nosotros fue el paso del señor Nilson, el profesor de dibujo. El señor Nilson, enjuto, tímido, con el cabello ligeramente largo y el traje negro, era en realidad un artista notable en Arequipa. Tenía su taller frente a la Iglesia de San Francisco, cerca de un parque alfombrado por las olorosas flores moradas de los jacarandás. Nosotros éramos una tropa de diablillos que difícilmente hacía caso del señor Nilson; pero él ganó nuestro afecto cuando modeló, delante de nosotros, con un trozo pardo de arcilla, la figura de Santa Rosa de Lima. Todavía recuerdo cómo la pequeña figura fue pasando por nuestras manos, reverentes no sé si por ser la imagen de Santa Rosa o porque la habíamos visto surgir de la pasta informe por obra del profesor que manejaba diestramente los esteques.

Yo sé que cosas parecidas pasaban en otros salones. Recuerdo que el profesor Loayza llevaba su caja de pasteles al aula para mostrar a sus alumnos cómo se podía pintar con ellos; recuerdo también al profesor Bólmer, que consiguió que sus alumnos fueran imbatibles en Matemática. Pero guardo como un tesoro la memoria de don Eduardo Valencia, el maestro de mi sección,  que hizo posible  la intervención de una alumna-maestra de voz dulce, un tío amable contador de cuentos, dos artistas sobresalientes, un joven que nunca dudó de su fe; el maestro que cedió varias horas para que el carpintero del barrio nos enseñara a tallar la madera y calar figuras en lámina triplay; el maestro que traía su guitarra para acompañarnos en el canto. Recuerdo a este maestro que supo aprovechar las riquezas que el medio le brindaba para dejar en sus alumnos experiencias imborrables, que son, justamente, las que forman el espíritu.

Han pasado muchos años. No obstante, eso que acontecía en un instituto que ocupaba una casa de sillar de la calle Palacio Viejo, de Arequipa, es lo que quisiéramos que suceda ahora en todas las escuelas de nuestro país.

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13 respuestas a EL EXPERIMENTAL DE AREQUIPA

  1. norma violeta cacho guerra dice:

    Señor Manuel Valdivia
    Agradezco los artìculos que envia, los cuales son muy importantes, variados y de interès.
    Este artìculo de remembranza de sus añoranzas de su educaciòn en su bella tierra de Arequipa, abra las posibilidades de recordar con cariño nuestras escuelas pùblicas de nuestros pueblos en los cuales nos honramos en asistir, en las cuales nos inculcaron valores imperecederos que ha permitido hacer de nosotros profesionales comprometidos con la educaciòn y reconocer la labor de nuestras maestras en esas escuelas en las que vivimos con amor intercambiamos exèriencias con respeto y en el que primò el conocimiento. Lo felicito nuevamente y me auno al reconocimiento y valoraciòn de todos aquellos maestros que nos dieron lo mejor de sì.Soy de Cajamarca y la verdades que me hizo recordar mnos pasajes bellos de como era la educaciòn primaria y secundaria en mi bella tierra del Cumbe.

    Atentamente
    Norma V. Cacho Guerra

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Es una pena, Norma,que para mostrar cosas buenas en educación tengamos que recurrir al pasado. Si nos propusiéramos recoger testimonios de buenas escuelas encontraríamos muchos, dispersos en todas partes del país. No debemos perder la esperanza, sin embargo. Siempre hay maestros que quieren contribuir, con su labor cotidiana, a la mejora de nuestro sistema.

      Saludos,
      Manuel Valdivia

  2. Ana Cerna Fernández dice:

    Buenos días Prof. Valdivia:
    Gracias por compartir sus remembranzas de la formación educativa que tuvó. Ud. hace resaltar los valores demostrados por los docentes que le formaron.
    Los valores es lo que nos hace falta a nosotros los docentes, la dedicación especial que debemos dar a nuestros estudiantes y refelxionar sobre cada uno de nuestros aportes.
    Felicitaciones por el estilo de su escrito que motiva a seguir leyendo hasta concluirlo.
    Saludos:
    Ana Cerna F.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Gracias, profesora Cerna. Acertó usted. Recordando a mis profesores, he querido resaltar las cualidades que espero en un maestro ideal. Sencillez, entrega a su labor, responsabilidad a toda prueba y, sobre todo, un empeño por ser mejores ante los ojos de sus niños. Así fue, sobre todo, mi inolvidable maestro, don Eduardo Valencia.

  3. Juana Portales dice:

    Muy buenos dias Prof. Valdivia.
    Muy interesante el artículo presentando. Considero que el problema de la lecto escritura en el primer grado en el Perú , es problema de docente, porque desde el año 1996 se inició un proceso de capacitación docente, luego el proyecto de formación continua, actualmente el famoso PELA, estrategias que solo responden por el momento porque luego el docente vuelven a cogerlos malos hábitos de formación profesional. y todo esto porque en la carrera profesional no hay vocación profesional y verdaderamente el porcentaje que usted menciona son los docnetes que tienen mística profesional.
    pero debemos seguir insistiendo con la nueva juventud profesional.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Estimada profesora Portales:
      Creo con usted que gran parte de la responsabilidad de lo que pasa en primer grado recae en el docente. O sale adelante o fracasa, según la preparación y el esfuerzo que ponga. Las causas del problema suelen estar en la misma escuela y en parte en el hogar. Cuántas veces se reclama diciendo que por causa de la promoción automática las cosas están como están. Y con ello se quiere volver al tiempo aquel en que se hacía repetir al niño de primer grado, castigándolo a él, como si fuera flojo e irresponsable. Y no es así.

  4. Muy interesante, nos ha hecho realizar un hermoso itinerario de la educaciòn y nos incentiva a mejorar en nuestra hermosa labor educativa.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Cuando los maestros hacemos bien nuestro trabajo recibimos muchas satisfacciones, como los médicos cuando salvan una vida. Esas satisfacciones no las tienen otros profesionales.

  5. Qué suerte de encontrar por fin un espacio para decir lo que siento por mi Colegio Instituto de Experimentación Educacional. Cómo no voy a tener presente ese templo del saber que me acogió y me hizo descubrir cómo poder comunicarme con las personas y saber también de éllas: la escritura. Mis primeras letras las aprendí con nuestra lindísima profesora, la señorita Blanca Málaga, de quien todos los alumnos estábamos encantados con ella. Luego, fui alumno del Profesor Arenas Málaga. El director en ese entonces era el Profesor Emilio Pacheco Antezana. Mi profesor de canto y música era el famoso Maestro de la Música Benigno Ballón Farfán. Tuve el privilegio de pertenecer a su coro, hacía la primera y también la segunda voz. Mi profesor de Dibujo era mi más preciado profesor Nilson Llerena, quien nos formó y transmitió su creatividad artística, gracias a él pude lograr muchos méritos dentro de la plástica, tanto a nivel nacional como en el extranjero. Nos enseñó a crear nuestros propios utensilios si es que adoleciéramos en ese momento de ellos, para lograr nuestros propósitos. Aprendimos a retener fielmente en nuestra memoria los pasajes importantes para desarrollar un tema escrito o pictórico. Así también a utilizar la arcilla para modular lo que se nos antojara representar. Y tratándose del arte escénico aprendimos bajo sus enseñanzas, a realizar marcos escenográficos con una calidad pictórica artística sin igual, para presentar debidamente la coreografía que creaba nuestro profesor de música, el Maestro Ballón Farfán. También recuerdo al profesor Bollmer, a nuestro profesor de canto también, a Valencia, que también era jugador de fútbol, el famoso Mariano Melgar. Igualmente viene a mi memoria a los profesores Castro, Jesús Loayza, Luis Loayza. Para decir muchas cosas de mi escuela a quien amo entrañablemente, tendríamos que pasar horas de horas ý aún así no conseguiríamos una palabra como poner un punto final. Sólo sé, que debo agradecer a Dios por concederme este milagro para dirigirme a todos mis compañeros, niños en ese entonces y hoy adultos mayores pero con el corazón de jóvenes que estoy seguro siempre estarán unidos remozando los momentos felices que vivíamos dentro de nuestra amada escuela: el Instituto Experimental, gritando los goles en nuestro court deportivo (el pasajito que unía los dos patios principales) y también amenizando deportivamente el gran ring de box creada por nuestros profesores, para someter fraternalmente nuestra prueba de valentía entre los condiscípulos todos. Gracias Manuel y te deseo éxitos.
    jesusramirezalcazar@hotmail.com http://www.jramirezart.com

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Gracias, amigo Jesús, por el relato de tus experiencias, que coinciden con las mías. Tuvimos mucha suerte al contarnos entre los alumnos de esa querida escuela, que fue una de las cuatro creadas cuando fue ministro Luis E. Valcárcel, para experimentar técnicas pedagógicas poco antes puestas en boga. Las mesas con tablero verde para cuatro niños, los diagramas de evaluación permanente son las innovaciones que más recuerdo. Lo demás me pareció que era lo normal. Solo después, yo que me he dedicado a la pedagogía y he visitado cientos de escuelas en varios países latinoamericanos, solo después, digo, he podido comprobar que la nuestra fue única en medio de un panorama terriblemente rutinario. El canto, la pintura, el deporte, el teatro, la cercanía a lo natural en el huertito del segundo patio, todo lo que podemos recordar eran excepcionales. Los niños de entonces éramos como todos, jugando con los trompos o las canicas, o disputando partidos de cabeceadas con pelota de tenis en el zaguán ese que mencionas. Éramos como todos, pero tuvimos más suerte. ¿Verdad?

      • Campanero, campanero, Duermes Ya… Duermes Ya… Toca la campana ..Din Don Dan…. Lo haciamos con Uds. los alumnos a 4 canones
        Tambien cantabamos TAHUANTINSUYO…. La Señora Luna. etc. etc.
        Buenos recuerdos me traen escribir estas lineas recordando mis 16 años de edad que tenia en ese entonces y ya habia terminado mi Secundara en el Colegio San Francisco de asis

  6. Muchas gracias a nombre de la familia de mi padre Don BENIGNO BALLON FARFAN, a quien acompañe durante dos años 1956-57 a dictar clases de Musica y Canto al Instituo Experimental de educacion No 5 de la calle Palacio Viejo y cantabamos a 4 voces CAMPANERO……

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Me siento honrado por su mensaje. Su señor padre merece todos los homenajes que se le pueda hacer. El mío en el artículo fue modesto. Siendo todavía niño no podía apreciar el privilegio que teníamos al contar con él como uno de los maestros de nuestro querido colegio, y no pude averiguar más sobre él. Varias veces fuimos los componentes del coro infantil a su casa en la Av. Siglo XX, a la salita con piso de madera que se hallaba entrando a la izquierda. Cuando ya mayor he vuelto a visitar Arequipa siempre que he podido me he acercado a lo que fue su casa, que debía ser declarada intangible. Me apenaba verla rodeada de tiendas comerciales llenas de letreros, pero me consolaba el recuerdo de Don Benigno, cuyo espíritu vive en la música que creó. Ojalá que algún día se pueda conseguir que tenga una mayor difusión a nivel nacional. Reciba un saludo cordial, Dr. Ballón.

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