LOS TEXTOS ESCOLARES EN LA ESCUELA PERUANA

Manuel Valdivia Rodríguez

La educación peruana tiene el propósito explícito de contribuir a la formación integral de niños, niñas y adolescentes. En el Diseño Curricular Nacional de Educación Básica Regular (EBR) esta intención es interpretada siguiendo tres rutas que se complementan: la formación de capacidades, el fortalecimiento de actitudes orientadas por valores y la adquisición de un sólido cuerpo de conocimientos.

Esta ruta última supone el contacto con la realidad a través de la observación y experimentación pero también la lectura de textos, imágenes y material audiovisual. Estas son vías que se complementan para permitir el conocimiento y comprensión del entorno y una aproximación a tiempos y espacios más lejanos. Gracias a las experiencias vividas y a lo que conocen a través de material impreso (textos, fotografías, películas) los niños pueden apreciar y comprender lo que sucede en el mundo en que viven.

En este escenario, los libros escolares cobran un relieve especial, pues son construidos ex profeso como material de información y estudio según las características de los estudiantes que van a emplearlos. En efecto, los libros de esta categoría presentan información actual y rigurosamente cierta sobre los asuntos que tocan, construida a partir de fuentes enteramente confiables, pero que ha pasado por un proceso de ‘transposición didáctica’, gracias al cual los contenidos, el lenguaje, la estructura y aun la diagramación son ajustados a las necesidades y posibilidades de los estudiantes.

En nuestro país, los textos escolares, tal como los hemos descrito, son necesarios por varias razones. En primer lugar, constituyen una fuente casi única de información para los estudiantes. No son muchas las instituciones educativas que tienen bibliotecas con libros y revistas suficientes para que los estudiantes encuentren los contenidos que necesitan; son pocas las bibliotecas públicas (municipales, comunales, parroquiales y otras) y las que existen tienen un caudal bibliográfico reducido; son excepción los hogares donde hay una biblioteca familiar o siquiera una repisa con libros.

Hay, pues, una enorme carencia de material de estudio para los escolares. Se dice que eso no importa, porque ahora la Internet pone al alcance de todos una biblioteca casi infinita. Pero eso no deja de ser un sofisma.  El acceso a Internet es posible en el Perú gracias a las cabinas públicas, pero en ellas los niños pasan el tiempo jugando y los adolescentes haciendo uso del chat  y del facebook o del twitter. Pocos van a buscar información y cuando lo hacen es para “copiar y pegar” y no para leer con el detenimiento suficiente para entender y procesar la información. Además, es difícil que puedan hacerlo.

Según las evaluaciones de que disponemos, niños, niñas y adolescentes tienen notorias deficiencias para leer textos lineales en papel. Si esto es así, sus deficiencias serán mayores para leer en pantalla, ya que el desplazamiento vertical del texto en la pantalla obliga a realizar tareas cognitivas para las cuales los estudiantes están poco preparados (uso especial de la memoria de corto plazo, síntesis de elementos textuales que aparecen sucesivamente en el tiempo, evaluación inmediata de contenidos, etc.), lo cual se complica todavía más si tienen que trabajar con hipertextos.

Si esta es la realidad, los textos escolares son necesarios. Pero su valor depende del trabajo que hay detrás de su edición. En otras partes, los libros son construidos por equipos asesorados por expertos en las diversas especialidades y son sometidos a evaluaciones externas muy rigurosas. Es así, porque son producidos para durar cuatro, cinco, seis años. Entre nosotros no se procede de manera similar.

Los libros escolares se producen para un año, con el pretexto de que el conocimiento universal cambia vertiginosamente. Además, han sido convertidos en “libros de trabajo”, con espacios donde los alumnos deben escribir o hacer alguna tarea de trazo; en consecuencia son fungibles. De este modo, cada año son desechados cientos de miles de libros, que, felizmente, gracias al reciclaje, pueden ser convertidos en cajas de cartón para detergentes u otros productos. Pero ese no era su destino.

La política del libro escolar desechable tiene múltiples repercusiones, aparte de los perjuicios que ocasiona a la economía no solo familiar. Pese a ser voluminosos, los libros contienen en el fondo poco texto de lectura. Más espacio ocupan los renglones en blanco, las viñetas que supuestamente los hacen más atractivos, las sugerencias de actividades hechas al profesor, los titulares y las portadillas. Como los textos portadores de contenido no son precisamente abundantes en esos libros, no hay ocasión para ejercitar y educar las capacidades de lectura, y tampoco para la adquisición orgánica de conocimientos.

Los niños y adolescentes escolares están todavía en una etapa en la cual se están construyendo las estructuras, los esquemas de conocimiento sobre los cuales se enriquecerá después su saber. Y para ello los ayuda el material ya estructurado. Ese material es escaso en nuestros libros, que se caracterizan más por la fragmentación de la información en una disposición no lineal difícil de manejar por los lectores en formación.

El cambio anual de libros tampoco es saludable para los docentes, que necesitan de los libros como un auxiliar para su trabajo. Cada año deben familiarizarse con estructuras, contenidos y actividades siempre distintos. Y por eso mismo, cada año deben rehacer sus programaciones anuales, que deben obedecer a secuencias y contenidos diferentes. Así, su trabajo se convierte en una tarea de Sísifo.

Hay que agregar la mención de un hecho peculiar: en nuestro país, los libros escolares marcan la ruta de trabajo de los docentes. Más que el currículo, son los libros de este tipo los que señalan el camino que se debe seguir. Hablando en oro, los libros son el instrumento de la planificación curricular de corto plazo. Y sucede entonces un fenómeno especial. En teoría, los docentes deben partir del Diseño Curricular Nacional (DCN) y elaborar sus programas curriculares diversificados. Para ello, seleccionan los contenidos propuestos en el currículo nacional en función de sus respectivas realidades. No tienen que “desarrollar” todo lo propuesto en el DCN, sino que deben trabajar sobre la base de un currículo diversificado a la medida de sus niños. Eso no sucede con los libros escolares: allí está todo (o pretende estarlo). Y como ese contenido es abundante, los niños deben avanzar dando saltos, trabajando con unos puntos y pasando por alto otros, y rozando apenas los asuntos que alcanzan a tocar. Son testigos los padres de familia, que se quejan porque los libros están “usados a medias”.

Como se aprecia, la producción y empleo de los libros escolares presenta muchas aristas que debieran ser objeto de estudio y discusión. Ese problema casi no ha sido debatido entre nosotros, salvo la preocupación  estacional de cada verano sobre los precios que alcanzan los materiales escolares. Estamos empeñados en mejorar la calidad de la educación y discutimos las políticas nacionales, pero pocas veces examinamos asuntos aparentemente menores, que sin embargo derivan en consecuencias significativas. El tema de los libros escolares es uno de ellos[1].


[1] El presente artículo fue escrito por invitación de TAREA para su revista electrónica: http://tarea.org.pe/modulos/Boletin/tareainforma/boletin104.htm

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2 Responses to LOS TEXTOS ESCOLARES EN LA ESCUELA PERUANA

  1. roxana dice:

    Querido Manuel:
    Creo que uno de los grandes problemas de los textos escolares en las escuelas es que están diseñados como cuadernos de trabajo que encasillan el quehacer del docente y más aún el del estudiante.
    El problema de la desatención de las bibliotecas escolares y ni que decir de las bibliotecas de las aulas es muy grave. A mi opiniòn, en lugar de dar un cuaderno de trabajo por niño en las escuelas, las autoridades educativas podrían proveer de los mejores textos de consulta de las diferentes editoriales a cada una de las aulas y así nuestros maestros y estudiantes ejercerían su derecho a investigar.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Apreciada Roxana: Estoy en absoluto acuerdo con cada una de tus palabras. Nunca se ha hecho una evaluación del asunto, pero se podría afirmar que los cuadernos de trabajo han hecho daño tanto al aprendizaje de los niños como a la preparación de los docentes. Este es un asunto que debiéramos analizar con mucho cuidado. En lo segundo que dices, también aciertas: cuántas bibliotecas de aula, de escuela, de comunidad tendríamos si se hubiera seguido el criterio que señalas. Esto da pie para buscar un cambio de políticas. Recibe un saludo cordial.

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