LUIS JAIME CISNEROS EN LA CANTUTA

Manuel Valdivia Rodríguez

En la iglesia Virgen de Fátima están siendo velados los restos de Luis Jaime Cisneros. En homenaje suyo podemos repetir los versos que Antonio Machado escribió cuando murió Francisco Giner de los Ríos, el maestro de España, conductor de la Institución Libre de Enseñanza:

 

 

 

“¿Murió? . . . Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma”.

Luis Jaime Cisneros no está más con nosotros. Pero eso no es tan cierto. Los maestros, los grandes maestros, dejan siempre una estela luminosa con partículas radiantes que seguirán orientando los pasos de sus alumnos y discípulos. Y el duelo que cabe ante su muerte, entonces, no es sino, como dice el poeta, “un duelo de labores y esperanzas”.

Serán mencionados muchas veces sus vínculos cordiales con la PUCP, la Pontificia Universidad Católica del Perú. Eso será justo. Pero yo quiero hablar de su paso por la Escuela Normal Superior de La Cantuta, la mayor experiencia latinoamericana para la formación de profesores, en el lustro que terminó en el año de 1960, cuando el gobierno de entonces arrebató a esa institución su categoría universitaria y expulsó de sus claustros a una congregación de maestros que difícilmente tendrá parangón en el continente. Para no caer en olvidos injustos, quiero mencionar sólo a los profesores del área de Lengua y Literatura, que, convocados por Walter Peñaloza, trabajaron por pocos años en esa hermosa escuela, enclavada en un valle de Chosica: Manuel Moreno Jimeno, Pedro Benvenuto, José María Arguedas, Javier Sologuren, Washington Delgado, Luis Alberto Ratto, Guillermo Daly, Oswaldo Reinoso. Entre ellos, flor de sabiduría ya, Luis Jaime Cisneros, que aun no tenía cuarenta años.

Luis Jaime –así lo mencionábamos, atrevidamente, los jovencitos provincianos que nos formábamos en esa escuela- tenía a su cargo los cursos de Lenguaje. Iniciaba sus clases siempre con esa su tos característica y limpiando las gruesas lentes de sus anteojos. En ellas, haciéndonos reflexionar sobre el habla, inculcaba en nosotros el amor por un empleo cuidado del castellano, lengua implantada en el Perú, pero, al fin y al cabo, una de nuestras lenguas. Discípulo de  Amado Alonso y Henríquez Ureña,  acudía, como parte de su método, a la lectura de textos ejemplares. Fragmentos de la prosa de Azorín, Unamuno, Valle Inclán, Galdós, eran leídos por él, con una insuperable calidad  que ponía ante nuestros oídos el maravilloso discurrir del castellano escrito. Así, subliminalmente, nos iba acercando, en clases que no eran de literatura, a las obras cumbres que nos conquistarían para siempre.

En una ocasión, dos alumnos fuimos a buscarlo a su oficina para que nos ayudara a desenmarañar, lo recuerdo bien, uno versos del romance de Angélica y Medoro, de Luis de Góngora, del cual teníamos que dar cuenta a Guillermo Daly. Solícito como siempre, en un momento de la conversación, Luis Jaime recitó, de memoria, la estrofa inicial de la Soledad primera “Era del año la estación florida/ en que el mentido robador de Europa / (media luna las armas de su frente, /y el Sol todos los rayos de su pelo)…”. Lo hizo para explicarnos el mecanismo de la metáfora. Pero relato la anécdota porque ella muestra varias facetas de Luis Jaime como maestro. Fuimos dos alumnos, dos solamente, a perturbar su tiempo. Y sin embargo, nos lo concedió generosamente, porque él tenía un inmenso cariño por la juventud, en la que siempre asentó sus esperanzas. Era frecuente verlo paseando por los pasillos de la escuela, conversando con algún alumno de secundaria, en un ir y venir peripatético que seguramente estaba dejando huella permanente en el espíritu del muchacho. Tenía, pues, la primera calidad que se exige a un maestro: el respeto por la persona de los estudiantes. Y tenía otra, que también queda mostrada en esta anécdota: una inmensa cultura, cuyos bienes estaba dispuesto a compartir con los demás. No era él un profesor que se preparaba para dictar sus clases. No. Era un hombre preparado. Un hombre que –como quería Borges- sabía su oficio. Por eso sus clases –fueran de gramática o de lingüística, fueran de literatura de la colonia o de redacción- eran siempre brillantes, no para deslumbrar a sus estudiantes, sino para decir sin palabras que cada uno debe aspirar a los mayores dones de la cultura, cosa que solo puede ser conseguida cuando el docente tiene una formación sólida y un aprecio singular por las creaciones humanas.

En los días en que los profesores y estudiantes luchábamos porque nuestra escuela conservara su rango ante un decreto gubernamental, Luis Jaime nos enseñó lo que ahora quiero destacar como una tercera calidad de la docencia: ser leales con la institución. Él, que compartía sus tiempos entre la Normal y la PUCP, siempre volvía a la escuela, a asistir a las asambleas, y para hacerlo tenía que cruzar el río saltando sobre las piedras, porque la policía impedía el ingreso a la institución. Esa es la misma lealtad que siempre alimentó también por su universidad, la PUCP, y que cada maestro debe guardar por su institución, que no es un local, sino –lo decía Encinas- un colectivo de maestros que persiguen fines compartidos.

Otras facetas serán mencionadas en estos días en que se harán muchos homenajes al maestro. He querido mostrar estas tres, porque con ellas Luis Jaime contribuyó a la formación de varias generaciones de maestros. Por eso, ahora que lo recordamos, recordamos con gratitud a quienes formaron con él una cohorte de educadores que lucharon por la dignificación del magisterio. Honor a él, honor a ellos.

11 respuestas a LUIS JAIME CISNEROS EN LA CANTUTA

  1. Angel dice:

    Mis saludos previos mi querido maestro Manuel, en verdad siempre Ud,me hace recordar cosas que no deberiamos olvidarnos jamás, de tener presente a aquellos ilustres maestros que aportaron con alma vida y corazón conocimientos que enriquecen al ser y son trasmitidos de generación a generación, que bueno que lo divino permite que Manuel Valdivia siga los pasos de aquellos incomparables y sólo decirle a Dios que siempre ilumine su mente y nos ahonda con sus conocimientos.un abrazo maestro.Su amigo.Angel Vásquez.Asesor UNMSM.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Muchas gracias, Angel. Tienes razón en lo que dices: “no deberíamos olvidar” a los maestros ilustres. Y el Perú, nuestro país, los ha tenido innumerables. Arriesgo un recuento rápido, a partir de Encinas: Luis E. Valcarcel, José Ma. Arguedas, Emilio Barrantes, Carlos Cueto, Augusto Salazar Bondy, Carlos Salazar, Walter Peñaloza, Constantino Carvallo, Antonio Pinilla, Mario Samamé Boggio, Luis Jaime Cisneros, mencionando solo a quienes no están más con nosotros y que publicaron libros, porque tenemos maestros que nos acompañan o que tienen obra material aunque no bibliográfica, además de los cientos, miles de profesores que desempeñan labores admirables en sus aulas. Sí, pues. No debemos olvidarlos. Pero los tenemos olvidados.

      Un abrazo,
      Manuel

  2. Humberto Carrillo Fernández dice:

    Estimado Manuel:
    Es en realidad una excelente rememoración de hechos que tú efectúas. No sabía que hubieras tenido la suerte de conocer a Jaime Cisneros. Las excelentes anécdotas -mejor, hechos veraces- que nos cuentas, pintan de cuerpo entero la gran capacidad y personaliad de Luis Jaime Cisneros.

    Humberto

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Estimado Humberto:
      Desde que comenzó a funcionar la Escuela Normal de La Cantuta hasta que, en el gobierno de Prado, el parlamento le quitó su categoría y tuvieron que retirarse los maestros llamados por Walter Peñaloza, habremos pasado por sus aulas no más de quinientos alumnos, que gozamos, según nuestras especialidades, de equipos docentes excelentes. Así como hubo notables maestros en Lengua y Literatura los hubo en ciencias, en matemática, en educación primaria, en técnica. Yo hice la especialidad de Lengua, literatura e historia, y por eso, además de los maestros que menciono en mi artículo, estudié con Percy Cayo, César Pacheco Vélez, Tauro del Pino y Carlos Daniel Valcárcel. Y no debo olvidar a los docentes de los cursos de sicología como Emiliano Pisculich, Clotilde Albarracín o pedagogía como Nicéforo Espinoza. Y en esta lista no puedo dejar de mencionar a Miguel Reinel, el conductor de uno de los tres únicos cineclubes que había en Lima (El de Bellas Artes, el del Ministerio de Trabajo y el nuestro), a Ernesto Laynez, profesor de teatro, a Álbor Maluenda, que nos inició en la apreciación de la musica mostrándonos él, con el piano, lo que era una frase o lo que significaba una variación ¡Qué nombres!. ¡Qué época!

      Pero estoy seguro que ninguno de ellos, solo, habría hecho lo que hizo. Como nunca estoy convencido de que una escuela deja huella cuando obra en ella, como equipo, todo su personal componente.

      Saludos cordiales,

      Manuel

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Los compañeros de La Cantuta apenas pudimos gozar durante poco tiempo de los grandes maestros que tuvimos. Cuando le fue arrebatada su categoría universitaria, fueron separados de la escuela con diferentes argucias. Pero ese breve tiempo bastó para formar profesores jóvenes con una marca indeleble.

      Manuel Valdivia

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      En estos días, las anécdotas que han contado innumerables amigos y alumos pintan de cuerpo entero a Luis Jaime Cisneros. Son minucias de la vida cotidiana, que sin embargo permiten conocer la faz humana de cada uno.

      Saludos cordiales,

      Manuel

  3. Fue un hombre enjuto que tenía casi toda su energía en la cabeza y toda la nobleza en el corazón.
    ¡Luis Jaime Cisneros, presente,
    ahora y siempre!

  4. Alberto Cáceres dice:

    En mi primer año en La Cantuta, Luis Jaime (así lo conocíamos) no estaba en mi camino, pero sí en el de mi compañero de cuarto, quien repetía con gran entusiasmo lo que aprendía en la clase de gramática. Por primera vez escuché conceptos como “epíteto”, “conciencia lingüistica” y otros. Crecía Luis Jaime en mi conciencia hasta que llegó el fatídico día del zarpazo pradista a la Cantuta en abril de 1960 en que escuché a Luis Jaime en una brillantísima intervención de protesta por el hecho. Admiré más a este maestro que no tuve y que después de la huelga no volvió.
    Años después, siendo él Decano de Letras de PUCP, compartí responsabilidades en juntas de administracion y siempre quedaba embelesado por la coherencia y elegancia de su elocuente verbo.
    Sin duda alguna Luis Jaime enriqueció muchas vidas y yo incluyo la mía entre ellas. Gracias Luis Jaime.

    Alberto Cáceres (Cantuto desde 1959)

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Ha sido grato leer tu comentario, Alberto. Conviene que que quienes lean estas líneas -eso pasa en la dinámica del blog- sepan que tú formas parte del grupo de notables matemáticos egresados de La Cantuta, que siguen dando brillo al recuerdo de nuestra Escuela. Y que escribes desde Puerto Rico. Ustedes, los de Matemática, apreciaban a los maestros de lenguaje; nosotros, los de “letras” respetábamos a los de matemática: Ernesto Viacaba, tan caballero él; César Carranza, siempre tan animoso; Velásquez, callado y circunspecto. ¡Ah! la ENS.

      Manuel

  5. Carmen Monroy Gálvez dice:

    Hola Manuel
    No tuve la suerte de gozarlo como profesor, pero por todo lo dicho y escuhado entiendo que me perdí de un excelente MAESTRO. Sin embargo, me quedó la suerte de leerlo todos los fines de semana y me sorprendía cada vez que trataba nuestra realidad educativa y lo hacía con tanta claridad y sobre todo con tanta pasión y buena vibra, dando aternativas, que creo, nunca fueron leídas
    un abrazo Carmen

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Lo último que dices, Carmen, es una lamentable verdad: él nos daba “alternativas que nunca fueron leídas”. Cuánto hay que aprovechar en su pensamiento; cuánto en lo que han dicho, año tras año, los grandes pensadores que hemos tenido en Perú, desde Encinas, para marcar un comienzo. Nuestro país puede ostentar con orgullo un cuerpo doctrinario sobre educación que pocos países tienen en América. Y sin embargo, qué poco seguido, que poco “leído”.

      Tu comentario lleva a afirmar otra cosa sobre Luis Jaime: su gran coherencia entre vida y pensamiento. Eso que decía domingo a domingo en La Reublica, y todo lo que escribio, no era simple discurso. Muchos pueden dar fe de que así era su trabajo, su modo de ser cotidiano. En eso también fue un verdadero maestro.

      Un abrazo, Carmencita

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