SARAMAGO O EL DEBER DE EDUCARSE

Manuel Valdivia R.

Cuando murió Cecilio Acosta, escritor y periodista venezolano, José Martí escribió un artículo necrológico que es, sin duda, una de las grandes elegías de la literatura hispanoamericana. Martí, que lo admiraba como pensador y apreciaba  como amigo, incluyó esta frase  de valor perdurable: “Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas”. Ahora que ha muerto José Saramago, esta frase renueva su sentido.

Saramago nació en 1922, en Azinhaga, entonces un pueblo rural próximo al río Tajo, aquel de las églogas de Garcilaso, el poeta español (“Cerca del Tajo, en soledad amena, de verdes sauces hay una espesura…”). Sus padres, José de Sousa y Maria da Piedade, eran campesinos sin tierras, ambos muy pobres y sin educación escolar. En el pueblo, el padre era llamado por su apodo, Saramago (que es una hierba silvestre), y eso ocasionó que el futuro premio nobel fuera inscrito como José Saramago y no como debió ser: José de Sousa. Error o broma del funcionario municipal, el hecho es que el escritor siguió llevando el apodo como apellido, hasta elevarlo a la cima del prestigio universal.  Saramago hizo su educación primaria en Lisboa y comenzó la secundaria asistiendo a una escuela industrial, que tuvo que abandonar porque sus padres no podían sostener sus estudios. Truncada su educación formal, debió trabajar durante dos años en un taller de herrería. Tiempo después pasó a ser empleado administrativo de la Seguridad Social. Felizmente, en las aulas escolares que frecuentó por pocos años tuvo contacto con los fragmentos literarios incluidos en los textos de estudio distribuidos gratuitamente, y esos fragmentos lo incitaron a leer más por su cuenta en libros tomados en préstamo de las bibliotecas existentes por donde anduvo. Así inició una formación autodidacta que lo llevaría después a la creación literaria. A los 25 años publicó sin éxito su primera novela, y tiempo después decidió no escribir más: «Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar», explicó alguna vez. Pero sí tenía qué decir. No escribió novelas, pero trabajó en varios periódicos, como periodista y crítico cultural; tradujo obras del francés (Maupassant, Balzac, Colette, Baudelaire), y fue director de la Asociación Portuguesa de Escritores. En 1966, publicó su primer poemario, Os poemas possiveis, y en 1980 dio a las prensas su primera gran novela Levantado del suelo. Desde entonces escribirá hasta su muerte, lo cual es literalmente cierto. Agobiado por la leucemia, a los 87 años comenzó a escribir todavía otra novela, de la cual quedan las primeras treinta páginas. Su luminosa vida confirma lo que escribió Ernesto Sábato en: “…el destino nos conduce a lo que teníamos que hacer”.

He querido mostrar un lado de la biografía de Sábato –el de su poca asistencia a la educación formal- para destacar un hecho que se advierte no sin admiración: su personalidad y su inmensa obra, poblada de cumbres, es el resultado de una formación personal sin mayores deudas con el mundo académico escolarizado: Saramago se hizo solo. Y su ejemplo me lleva a pensar que las personas tenemos, junto con el inalienable derecho a la educación, el perentorio deber de educarnos. Y uno no va sin el otro. Mahatma Ghandi decía que solo podemos exigir nuestros derechos cuando hemos cumplido con nuestros deberes, aserto que calza perfectamente en el ámbito educativo. A fin de cuentas, el Estado, la sociedad, la familia, proveen de oportunidades de educación (desde el inmenso aparato que es un sistema educativo hasta los momentos íntimos en que un padre aconseja amorosamente a su hijo). Pero esas no son sino eso: oportunidades de educación. Porque el actor, el protagonista de su educación, es el propio individuo. Si el individuo no tiene ansias por construirse, por mejorar, “por ser lo que tiene que ser”, poco será lo que se consiga. La sabiduría popular lo dice, con una tosquedad que no debe ofendernos: “Podemos llevar al caballo al arroyo, pero no podemos obligarlo a que tome agua”. Toca a los padres y maestros, a la sociedad y al Estado, proveer de las oportunidades; pero les toca a los individuos asumir su deber de educarse. Este es un lado del problema que muy pocas veces está siendo mencionado, porque tenemos puesta la atención en las responsabilidades del Estado y la sociedad. Pero también debemos mirar “el otro lado de la Luna” y pensar en lo mucho que tenemos que hacer en esa línea.

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2 respuestas a SARAMAGO O EL DEBER DE EDUCARSE

  1. Emma Teresa Saavedra Charpentier dice:

    Respetado Maestro: Los artículos qe usted tan dignamente nos hace llegar nos da las reflexiones para mejorar nuestro trabajo de docentes y asesores. Para este fin requiero un favor de Ustes, una de mis asesoradas quiere trabajar la cmprensiòn lectora con los cinc momentos que Usted plantea, si pudiera darme datos teòrics para este fin se lo agradecerìa, necesitamos hacer de la lectura una actividad basada en la motivaciòn intrìnseca del alumnos. Espero su respuesta Asesora de PRONAFCAP 2009 2010 San Marcos.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Estimada Emma:
      La bibliografìa sobre aspectos de metodología para enseñanza de la lectura en primaria no es abundante, por los menos en nuestro medio. Yo propuse la secuencia de pasos que usted menciona para abordar un texto no literario en uno de los módulos publicados para la Diplomatura para la Enseñanza de la lectura y producción de textos funcionales en la Educación Primaria, en la PUCP. Luego se publicó un extracto en una separata del PRONAFCAP, en la UNMSM. ¿Cómo se lo digo sin parecer pedante? No se culpe a nadie de esa secuencia sino a MVR.

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