“TENGO PIENSO, LUEGO EXISTO”

Manuel Valdivia Rodríguez

caballosPor mero azar encontré una vez un breve texto difícil de encasillar. No era chiste ni refrán ni relato. Sea lo que fuere, era una pequeña flor del ingenio. El texto que hallé era este: “El caballo dijo: Tengo pienso, luego existo”, que parafraseaba la locución cartesiana que va rodando por el mundo desde hace trescientos años: “Pienso, luego existo”. Como es natural, quise compartirla con amigos y conocidos. Mi sorpresa fue grande al comprobar que algunos ni siquiera sonreían, simplemente porque no enten­dían la situación. Reparé entonces que para encontrarle el gusto al chascarrillo había que conocer siquiera lo esencial del pensamiento de Descartes. Había que saber, además, que la palabra ‘pienso’ alude al alimento de los equinos y no es otra cosa que ‘forraje’. Y, claro, si algo de eso era ignorado, no había manera de entender esa frase llena de fino humor.

Esto lleva a lo siguiente: si para comprender un dicho gracioso es preciso manejar algún conocimiento, cuánto más conocimiento se necesita para comprender los procesos sociales, la realidad económica, los hechos que la ciencia descubre, las propuestas de un gobernante, las indicaciones del médico, los recursos de la técnica, etc. Es decir, todo. El conocimiento que poseemos es tan importante que hasta llega a formar parte de nuestra personalidad. Eso, justamente, es lo que sostiene el médico peruano Pedro Ortiz Cabanillas, cuando define la consciencia “como el conjunto de información social que la personalidad acumula en el curso de su historia codificándola en su neocórtex cerebral[1]. Y no es poco decir, porque Ortiz Cabanillas es, para orgullo nuestro, uno de los grandes neurocientíficos latinoamericanos.

Por eso conviene revisar aquella tendencia actual que menosprecia el aprendizaje de conocimientos en la escuela, porque, se dice, lo importante es “aprender a aprender” (ya que el conocimiento es cambiante, que se halla en los libros, que las TIC, que la Internet , que la globalización.). A tal punto se ha llegado, que las palabras “conoci­mientos”, “temas”, “asuntos”, “contenidos”, son palabras vitandas cuando se trata del  currículo escolar. Eso, en una época en que se sostiene que el conocimiento es aun más importante que el capital monetario, tanto para las personas como para las naciones.

Una reivindicación del conocimiento en la educación escolar no significa una vuelta al pasado, pues la pedagogía actual tiene más recursos que la pretérita,  que se apoyaba en la repetición mecánica y en la presión externa. En el presente, la pedagogía promueve el aprendizaje de contenidos conceptuales al mismo tiempo que fomenta el desarrollo de capacidades y la formación de aptitudes, que son también tareas de una educación integral. Pero este aprendizaje va por nuevos rumbos, buscando que los estudiantes construyan un saber activo, bien estructurado, capaz de orientar su comportamiento frente a la realidad y capaz de cimentar su progreso intelectual. La escuela tiene el deber de guiar el aprendizaje de contenidos pertinentes mediante procedimientos que impulsen la actividad de los estudiantes; que pongan en movimiento sus potencialidades cognitivas así como el saber que ya poseen; que los haga acercarse a la realidad en forma creadora. Es tarea de la escuela conseguir que, en vez de la transmisión mecánica del conocimiento, se produzca una apropiación activa que huya del “saber acrítico” que rechazaba Fidel Tubino en una ponencia con título significativo: “Educación, despertar de la pregunta[2].

Desde la educación básica, los estudiantes deben ir conformando un cuerpo de conocimientos que constituyan parte de su cultura personal, gracias a la cual podrán interpretar el mundo y orientar su conducta. Así, el conoci-miento universal no estará encasillado en bibliotecas sino que será parte de cada uno, y podrá mantener su vitalidad, porque “cuando las ideas no encarnan –lo decía un personaje de Cortázar– caen al suelo como palomas muertas”.


[1] Lenguaje y habla personal, Lima, UNMSM, 2002

[2] En: Psicoanálisis y educación. Lima, Sociedad peruana de sicoanálisis, 199

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