ESA VEZ EN HATUCHAY

Por Manuel Valdivia Rodríguez

“Sin el amor de la propia persona es imposible el amor al prójimo”

En “El Lobo Estepario”, de Hermann Hesse

Hace ya varios años, la “peña folclórica” más concurrida de Lima era la Peña Hatuchay, en el Rímac. Luego de franquear el enorme portón  y pasar por un zaguán de piso empedrado, se llegaba al amplísimo salón colmado de mesas y bancos de madera tosca. Este era un centro que invitaba a la amistad, en donde el parloteo de la gente obligaba a conversar casi gritando.

La programación de Hatuchay ostentaba los mejores nombres de solistas y grupos cultores de la música andina. Uno de ellos era el de Jaime Guardia, que una noche subió al escenario abrigado como siempre con poncho, bufanda y sombrero, llevando consigo su inseparable charango. Con su sola presencia todos debían haber callado, pero muy pocos lo hicieron. Los más seguían conversando, riendo, llamándose a viva voz por encima de las cabezas. El maestro de ceremonias hizo el anuncio que convenía y se retiró. Pero Don Jaime no comenzó su intervención. Sólo paseaba su mirada por sobre el público, con su charango ya sobre el pecho. Al cabo de un momento su majestuosa dignidad se impuso y se acallaron las voces. Él, cuya música había sido escuchada con arrobo en auditorios de Norteamérica y Europa, tuvo que forzar esa vez el silencio que necesitaba. Y comenzó a tocar. Qué amable la música que salía de las cuerdas del instrumento, qué compañera. La melodía llenaba el aire como una filigrana sonora, igual como cuando se la escucha en alguna quebrada andina, ya muy entrada la noche, a la hora en que la tierra es más misteriosa que el cielo. Y fue una y otra y otra canción. Pero no fue sólo el tañer magistral de Don Jaime lo que cautivó a la gente, no fue solamente su voz cálida lo que la tuvo en vilo: fue la belleza inmarcesible de la música andina, que esa vez nos llegaba a través de uno de sus mayores intérpretes.

Pocos países habrá en el mundo con tanta riqueza musical como el nuestro. Así como nuestros antepasados descubrieron modos de domeñar las plantas, así también inventaron una música pentafónica que fue enriquecida después por otras vertientes hasta llegar a ser lo que es ahora, maravilloso cofre de huaynos, santiagos, cashuas, carnavales, tuntunas, mulisas, kajelos, huaylas, yaravíes, chacareras, chonguinadas y tantas otras cuya relación es inacabable.  Sin embargo, como acontece casi siempre con la música popular tradicional, la nuestra es música incidental: es el marco para el festejo, la trilla, la procesión religiosa o la conquista heroica. Es música que se toca mientras lo principal es el baile, el ritual o la faena agropecuaria. Sin embargo, los creadores de estas piezas no desdeñan su obra porque sea así; por el contrario, la componen aplicando amorosamente su saber, su inteligencia, su infinita sensibilidad. Por eso, nuestras melodías populares tienen estructuras complejas, poseen riqueza de variaciones, aprovechan las posibilidades instrumentales; y pueden pasar fácilmente la prueba de la audición atenta, por lo general privilegio de la música académica.

¿Qué pasaría –me pregunto- si esta música entrara con más vigor en las escuelas? ¿Si los músicos de conjuntos y bandas populares fueran a las escuelas para ofrecer conciertos a los niños y adolescentes de sus comunidades y comarcas?. Ahora que nuestra música se está imponiendo en coliseos y auditorios capitalinos -aunque con un afán comercial que la está deformando- ¿por qué no puede ingresar en las escuelas con un fin educativo? Un principio de la educación musical de los niños es comenzar por la audición de lo que les es familiar. Cada uno de nosotros sabe que la audición de las piezas de géneros familiares nos es más asequible y nos contenta más porque tales géneros forman parte de nuestro bagaje cultural. Nos cuesta mucho esfuerzo acercarnos a la música de los pueblos de China o de la India no por la  lejanía geográfica sino por las diferencias de sustrato cultural; pero nos resulta sencillo conmovernos con algo nuestro, así sea nuevo, pues hay en el fondo un carácter permanente que asoma sin esfuerzo porque nos es cercano. Eso también sucede –puede suceder- con los niños y niñas de nuestras escuelas. Han escuchado muchas veces la música de las bandas, conjuntos y cantores de su pueblo siendo ellos, los niños, parte invisible en el colectivo; y así la música se ha ido incorporando sutilmente en su tejido espiritual. Bastará con cambiar el escenario para que consigan apreciar con plena conciencia los atributos de los cantos y melodías de siempre  y vigoricen su educación musical a partir de lo propio. Esa sería una manera de fortalecer los lazos sentimentales con lo suyo y preparar con ello su simpatía por lo que está más lejos. Esa sería, sin duda, una forma de la educación intercultural.

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2 respuestas a ESA VEZ EN HATUCHAY

  1. la verdad profundamente emocionado al leer sobre mi primera empresa turistica,lA FAMOSA PEÑA FOLKLORICA HATUCHAY DEL RIMAC ,algo que hice hace treinta años.Abrir una nueva ventana empresarial,que ahora es el vivir y encanto de muchas personas identificadas con nuestra identidad peruana y huanuqueña.SIGO AHORA EN EL QUEHACER GASTRONOMICO CON MI RESTAURANT TURISTICO HATUCHAY DE JESUS MARIA,SITO EN EL JIRON MARISCAL MILLER 883 .PARALELO A LA CUADRA 8 DE LA AVENIDA ARENALES.

    • Manuel Valdivia Rodríguez dice:

      Estimado señor Espinoza:

      Me alegra que haya leído el artículo. Lo escribí pensando en la anécdota que relato, del grande y admirado Jaime Guardia. Pero ahora respondo a su nota con gratitud por los momentos pasados en la peña. Muchas veces fui a Hatuchay con quien ahora es mi esposa, a gozar de buena música, compartir una cerveza con amigos y bailar lo nuestro -como se debe- junto con turistas que se contentaban con saltar como locos, contagiados con los sones de un huaylas o de un sicuri. ¡Ah, tiempos aquellos! Ahora que los años nos hacen más reposados. iremos un día a su restaurante en Jesús María. Con otro estilo, seguirá siendo bueno.

      Saludos cordiales,

      Manuel Valdivia R.

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